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VilmaPoesias

El amor a traves de la mirada. (Angel Balzarino.)

 Sí. Allí vienen. El lejano pero inconfundible sonido de algunas risas le reveló que había concluido la espera. Entonces clavó los ojos en el estrecho sendero apenas insinuado entre la mata de troncos, hojas y arbustos que se había ido formando junto a las ya inútiles vías del tren y divisó las dos siluetas.

Con sigilosa rapidez se ubicó en el sitio ya habitual -oculto entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida estación-, dispuesto a ejercer, sin el temor de ser descubierto, una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que puedo disfrutar ahora. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo -ya no tenía noción desde cuándo se limitaba a sobrevivir de la caridad de los otros, sin afanes ni sueños-, por fin ocurría algo que no sólo quebraba la opaca rutina sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio y los años.

Como si otra vez sintiera lo mismo que ellos. Lleno de vitalidad y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por accesos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio detenerse en un pequeño claro entre los árboles que bordeaban la estación. De una bolsa extrajo una botella de vino y bebió un trago largo, tanto para aplacar la ansiedad como para paladear con mayor intensidad cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido.

 A la expectativa. Como siempre, fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente, llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se transformaban en susurros y contenidos jadeos. Cuando le tocó el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente presuroso, le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia, placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, blancos y turgentes, que las manos del muchacho palparon en ávida caricia. Si pudiera hacerlo yo.

 Si al menos una vez... La certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo semejante le hizo evocar, en un afán por atenuar la frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando Matilde lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que lo estremecía, mientras trataba de imaginarse otra vez junto a Matilde y, lo mismo que él con la muchacha, la acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla, y la poseía en un ritmo arrebatador, entre besos y caricias que los llevaban cada vez a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes.

 Pero después, cuando ellos quedaron quietos y abrazados, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando los instantes que habían vivido, sintió la boca reseca, como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de tocar otro cuerpo. Apenas ellos se alejaron, estalló. Sin preocuparse ya por guardar silencio, arrojó con violencia la botella vacía y golpeó los puños contra la pared y profirió gritos que trasuntaban la carga de furia, dolor e impotencia.

 Después comprendió que debía conseguir otra botella de vino. Rápidamente. Para obtener cierto alivio y tranquilidad. Sintiendo todo el cuerpo pesado y torpe, abandonó la estación y a pasos lentos marchó hacia el pueblo. Debió golpear muchas puertas y reflejar el mayor estado de indigencia, antes de conseguir algunas monedas. Le alcanzó para comprar dos botellas de vino y, apenas salió del boliche de Bottaro, comenzó a beber.

 Aunque siempre había evitado hacerlo mientras andaba por las calles del pueblo -después que la enfermedad de Matilde lo precipitó en la ruina y necesitó apelar a la caridad de la gente para sobrevivir-, ya no le importó que lo vieran. Bebió con avidez. Impaciente por embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño que le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Matilde, que aplacara el deseo despertado por la frenética relación de ellos, que borrara la certidumbre de vegetar en un estado bochornoso, sin esperanza ni dignidad. Como si marchara a través de una espesa niebla que desdibujaba las cosas, cada paso le resultó más dificultoso.

 Después de un tiempo interminable pudo divisar el contorno familiar de la estación. Cuando intentó cruzar las vías, tropezó. Al perder el equilibrio, lanzó un grito y abrió los brazos en desesperada tentativa por aferrar algo. Fue inútil. No pudo evitar la caída y súbitamente sintió el golpe seco, demoledor, en la cabeza. Las manos de él quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de desabrocharle la blusa. -Vamos -ella lo apremió, impaciente-. ¿Qué te pasa? Se apartó y echó una furtiva mirada hacia la estación. -No sé. Ya no puedo hacerlo aquí, ahora que el viejo no está mirándonos.

Betun y Sangre. ( Ruben Dario.)

Todas las mañanitas al cantar el alba, saltaba de su pequeño lecho, como un gorrión alegre que deja el nido haciendo trompeta con la boca, se empezó a vestir ese día, recorriendo todos los aires que echan al viento por las calles de la ciudad los organillos ambulantes.

 Se puso las grandes medias de mujer que le había regalado una sirvienta de casa rica, los calzones de casimir a cuadros que le ganó al gringo del hotel, por limpiarle las botas todos los días durante una semana, la camisa remendada, la chaqueta de dril, los zapatos que sonreían por varios lados.

 Se lavó en una palangana de lata que llenó de agua fresca. Por un ventanillo entraba un haz de rayos de sol que iluminaba el cuartucho destartalado, el catre cojo de la vieja abuela, a quien él, Periquín, llamaba «mamá»; el baúl antiguo forrado de cuero y claveteado de tachuelas de cobre, las estampas, cromos y retratos de santos, San Rafael Arcángel, San Jorge, el Corazón de Jesús, y una oración contra la peste, en un marquito, impresa en un papel arrugado y amarillo por el tiempo.

 Concluido el tocado, gritó: -¡Mamá, mi café! Entró la anciana rezongando, con la taza llena del brebaje negro y un pequeño panecillo. El muchacho bebía a gordos tragos y mascaba a dos carrillos, en tanto que oía las recomendaciones: -Pagas los chorizos donde la Braulia. ¡Cuidado con andar retozando! Pagas en la carpintería del Canche la pata de la silla, que cuesta real y medio. ¡ No te pares en el camino con la boca abierta! Y compras la cecina y traes el chile para el cojín. –Luego, con una gran voz dura, voz de regaño-: Antier, cuatro reales, ayer siete reales. ¡Si hoy no traes siquiera un peso, verás qué te sucede! A la vieja le vino un acceso de tos.

 Periquín masculló, encogiéndose de hombros, un ¡caspitas!, y luego un ¡ah, sí! El ¡ah, sí! De Periquín enojaba a la abuela, y cogió su cajoncillo, con el betún, el pequeño frasco de agua, los tres cepillos; se encasquetó su sombrero averiado y de dos saltos se plantó en la calle trompeteando la marcha de Boulanger: ¡tee-te-re-te-te-te chín!... El sol, que ya brillaba esplendorosamente en el azul de Dios, no pudo menos que sonreír al ver aquella infantil alegría encerrada en el cuerpecito ágil, de doce años; júbilo de pájaro que se cree feliz en medio del enorme bosque. Subió las escaleras de un hotel.

 En la puerta de la habitación que tenía el número I, vio dos pares de botines. Las unas, eran de becerro común finas y fuertes, calzado de hombre; las otras, unas botitas diminutas que subían denunciando un delicado tobillo y una gordura ascendente que hubiera hecho meditar a Periquín, limpiabotas, si Periquín hubiera tenido tres años más. Las botitas eran de cabritilla, forradas en seda color de rosa. El chico gritó: -¡Lustren! Lo cual no fue ¡sésamo ábrete! Para la puerta. Apareció entonces un sirviente del establecimiento que le dijo riendo: -no se han levantado todavía; son unos recién casados que llegaron anoche de la Antigua.

Limpia los del señor; a los otros no se les da lustre; se limpia con un trapo. Yo los voy a limpiar. El criado les sacudió el polvo, mientras Periquín acometió la tarea de dar lustre al calzado del novio. Ya la marcha del general Boulanger estaba olvidada en aquel tierno cerebro; pero el instinto filarmónico indominable tenía que encontrar la salida y la encontró; el muchacho al compás del cepillo, canturreaba a media voz: Yo vi una flor hermosa, fresca y lozana; pero dejó de cantar para poner el oído atento. En el cuarto sonaba un ruido armonioso y femenino; se desgranaban las perlas sonoras de una carcajada de mujer; se hablaba animadamente y Periquín creía escuchar de cuando en cuando el estallido de un beso.

 En efecto, un alma de fuego se bebía a intervalos el aliento de una rosa. Al rato se entreabrió la puerta y apareció la cabeza de un hombre joven: -¿Ya está eso? -Sí, señor. -Entra. Entró. Entró y, por el momento, no pudo ver nada en la semioscuridad del cuarto. Sí sintió un perfume, un perfume tibio y «único», mezclado con ciertos efluvios de whiterose, que brotaba en ondas tenues del lecho, una gran cama de matrimonio, donde, cuando sus ojos pudieron ver claro, advirtió en la blancura de las sábanas un rostro casi de niña, coronado por el yelmo de bronce de una cabellera opulenta; y unos brazos rosados tendidos con lánguida pereza sobre el cuerpo que se modelaba.

 Cerca de la cama estaban dos, tres, cuatro grandes mundos, todo el equipaje; sobre una silla, una bata de seda plomiza con alamares violeta; en la capotera, un pantalón rojo, una levita de militar, un kepiscon galones y una espada con su vaina brillante. El señor estaba de buen humor, porque se fue al lecho y dio un cariñoso golpecito en una cadera a la linda mujer. -¡Y bien, haragana! ¿Piensas estar todo el día acostada? ¿Café o chocolate? ¡Levántate pronto; tengo que ir a la Mayoría! Ya es tarde. Parece que me quedaré aquí de guarnición. ¡Arriba! Dame un beso. ¡Chis, chas! Dos besos. El prosiguió: -¿Por qué no levanta a niña bonita? ¡Vamos a darle uno azote! Ella se le colgó del cuello, y Periquín pudo ver hebras de oro entre lirios y rosas. -¡Tengo una pereza! Ya voy a levantarme. ¡Te quedas, por fin aquí! ¡Bendito sea Dios! Maldita guerra. Pásame la bata.

 Para ponérsela saltó en camisa, descalza. Estaba allí Periquín; pero qué: un chillido. Más Periquin no le desprendía la mirada, y tenía en la comisura de los labios la fuga de una sonrisa maliciosa. Ella se abotonó la bata, se calzó unas pantuflas, abrió una ventana para que penetrara la oleada de luz del día. Se fijó en el chico y le preguntó: -¿Cómo te llamas? -Pedro. -¿Cuántos años tienes? ¿De dónde eres? ¿Tienes mamá y papá? ¿ y hermanitas? ¿Cuánto ganas en tu oficio todos los días? Periquín respondía a todas las preguntas. El capitán Andrés, el buen mozo recién, que se paseaba por el cuarto, sacó de un rincón un par de botas federicas, y con un peso de plata nuevo y reluciente se las dio al muchacho para que las limpiara. Él, muy contento, se puso a la obra.

 De tanto en tanto, alaba los ojos y los clavaba en dos cosas que le atraían: la dama y la espada. ¡La dama! ¡Si! Él encontraba algo de sobrehumano en aquella hermosura que despedía aroma como una flor. En sus doce años, sabia ya ciertos asuntos que le habían referido varios pícaros compañeros. Aquella pubertad naciente sentía el primer formidable soplo del misterio. ¡Y la espada! Ésa es la que llevan los militares al cinto. La hoja al sol es como un relámpago de acero. Él había tenido una chiquita, de lata, cuando era más pequeño.

Se acordaba de las envidias que había despertado con su arma; de que él era el grande, el primero, cuando con sus amigos jugaba a la guerra; y de que una vez, en riña con un zaparrastroso gordinflón, con su espada le había arañado la barriga. Miraba la espada y la mujer. ¡Oh, pobre niño! ¡Dos cosas tan terribles! Salió a la calle satisfecho y al llegar a la plaza de Armas oyó el vibrante clamoreo de los cobres de una fanfarria marcial. Entraba tropa. La guerra había comenzado, guerra tremenda y a muerte. Se llenaban los cuarteles de soldados.

 Los ciudadanos tomaban el rifle para salvar la patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones el rifle para salvar la Patria, hervía la sangre nacional, se alistaban los cañones y los estandartes, se preparaban pertrechos y víveres los clarines hacían oir sus voces en e y en i ; y allá, no muy lejos, en el campo de batalla, entre humo de la lucha, se emborrachaba la pálida Muerte con su vino rojo... Periquín vio la entrada de los soldados, oyó la voz de la música guerrera, deseó ser el abanderado, cuando pasó flameando la bandera de azul y blanco; y luego echó a correr como una liebre, pensar en limpiar más zapatos en aquel día, camino de su casa. Allá le recibió la vieja regañona: -¿Y eso ahora? ¿Qué vienes a hacer? -Tengo un peso –repuso, con orgullo, Periquín. -a ver. Dámelo.

 El hizo un gesto de satisfacción vanidosa, tiró el cajón del oficio, metió la mano en su bolsillo... y no halló nada. ¡Truenos de Dios! Periquín tembló conmovido: había un agujero en el bolsillo del pantalón. Y entonces la vieja: -¡Ah, sinvergüenza, bruto caballo, bestia! ¡Ah, infame!, ¡ah, bandido!, ¡ya vas a ver! Y, en efecto, agarró un garrote y le dio uno y otro palo al pobrecito: -¡Por animal, toma! ¡Por mentiroso, toma! Garrotazo y más garrotazo, hasta que desesperado, llorando, gimiendo, arrancándose los cabellos, se metió el sombrero hasta las orejas, le hizo una mueca de rabia a la «mamá» y salió corriendo como un perro que lleva una lata en la cola. Su cabeza estaba poseída por esta idea; no volver a su casa. Por fin se detuvo a la entrada del mercado.

 Una frutera conocida le llamó y le dio seis naranjas. Se las comió todas de cólera. Después echó a andar, meditabundo, el desgraciado limpiabotas prófugo, bajo el sol que le calentaba el cerebro, hasta que le dio sueño en un portal, donde, junto al canasto de un buhonero se acostó a descansar y se quedó dormido. El capitán Andrés recibió orden aquel mismo día de marchar con fuerzas a la frontera. Por la tarde, cuando el sol estaba para caer a Occidente arrastrando su gran cauda bermeja, el capitán a la cabeza de su tropa, en un caballo negro y nervioso, parta. La música militar hizo vibrar las notas robustas de una marcha.

 Periquín se despertó al estruendo, se restregó los ojos, dio un bostezo vio los soldados que iban a la campaña, el fusil al hombro, la mochila a la espalda, y al compás de la música echó a andar con ellos. Camina, caminando, llegó hasta las afueras de la ciudad. Entonces una gran idea, una luminosísima, surgió en aquella cabecita de pájaro. Periquín iría. ¿Adónde? A la guerra ¡Qué granizada de plomo, Dios mío! Los soldados del enemigo se batían con desesperación y morían a puñados. Se les había quitado sus mejores posiciones. El campo estaba lleno de sangre y humo.

 Las descargas no se interrumpían y el cañoneo llevaba un espantoso compás en aquel áspero concierto de detonaciones. El capitán Andrés peleaba con denuedo en medio de su gente. Se luchó todo el día. Las bajas de uno y otro lado eran innumerables. Al caer la noche se escucharon los clarines que suspendieron el fuego. Se vivaqueó. Se procedió a buscar heridos y a reconocer el campo. En un corro, formado tras unas piedras, alumbrado por una sola vela de sebo, estaba Periquín acurrucado, con orejas y ojos atentos. Se hablaba de la desaparición del capitán Andrés.

 Para el muchacho aquel hombre era querido. Aquel señor militar era el que le había dado el peso en el hotel; el que, en el camino, al distinguirle andando en pleno sol, le había llamado y puesto a la grupa de su caballería; el que en el campamento le daba de su rancho y conversaba con él. -al capitán no se le encuentra –dijo uno-. El cabo dice que vio cuando le mataron el caballo, que le rodeó un grupo enemigos, y que después no supo más de él. -¡A saber si está herido! –agregó otro-. ¡Y en qué noche! La noche no estaba oscura, sí nublada; una de esas noches fúnebres y frías, preferidas por los fantasmas, las larvas y los malos duendes. Había luna opaca. Soplaba un vientecillo mordiente.

 Allá lejos, en un confín del horizonte, agonizaba una estrella, pálida, a través de una gasa brumosa. Se oían de cuando en cuando los gritos de los centinelas. Mientras, se conversaba en el corro. Periquín desapareció. Él buscaría al capitán Andrés: él lo encontraría al buen señor. Pasó por un largo trecho que había entre dos achatadas colinas, y antes de llegar al pequeño bosque, no lejano, comenzó a advertir los montones de cadáveres. Llevaba su hermosa idea fija, y no le preocupaba nada la sombra ni el miedo. Pero, por un repentino cambio de ideas, se le vino a la memoria la «mamá» y unos cuentos que ella le contaba para impedir que el chico saliese de casa por la noche.

Uno de los cuentos empezaba: «Éste era un fraile...»; otro hablaba de un hombre sin cabeza, otro de un muerto de largas uñas que tenía la carne como la cera blanca y por los ojos dos llamas azules y la boca abierta. Periquín tembló. Hasta entonces paró mientes en su situación. Las ramas de los árboles se movían apenas al pasar el aire. La luna logró por fin, derramar sobre el campo una onda escasa y espectral. Periquín vio entre unos cuantos cadáveres, uno que tenía galones; tembloroso de temor, se acercó a ver si podía reconocer al capitán.

 Se le erizó el cabello. No era él, sino un teniente que había muerto de un balazo en el cuello; tenía los ojos desmesuradamente abiertos, faz siniestra y , en la boca, un rictus sepulcral y macabro. Por poco se desmaya el chico. Pero huyó pronto de allí, hacia el bosque, donde creyó oír algo como un gemido. A su paso tropezaba con otros tantos muertos, cuyas manos creía sentir agarradas a sus pantalones. Con el corazón palpitante, desfalleciendo, se apoyó en el tronco de un árbol, donde un grillo empezó a gritarle desde su hendidura: -¡Periquín! ¡Periquín! ¡Periquín! ¿Qué estás haciendo aquí? El pobre niño volvió a escuchar el gemido y su esperanza calmó su miedo.

 Se internó entre los árboles y a poco oyó cerca de sí, bien claramente: -¡Ay! Él era, el capitán Andrés, atravesado de tres balazos, tendido sobre un charco de sangre. No pudo hablar. Pero oyó bien la voz trémula: -¡Capitán, capitán, soy yo! Probó a incorporarse; apenas pudo. Se quitó con gran esfuerzo un anillo, un anillo de boda; y se lo dio a Periquín, que comprendió... La luna lo veía todo desde allá arriba, en lo profundo de la noche, triste, triste, triste... Al volver a acostarse, el herido tuvo estremecimientos y expiró.

 El chico, entonces, sintió amargura, espanto, un nudo en la garganta, y se alejó buscando el campamento. Cuando volvieron las tropas de la campaña, vino Periquín con ellas. El día de la llegada se oyeron en el hotel X grandes alaridos de mujer, después que entró un chico sucio y vivaz al cuarto número I. Uno de los criados observó asimismo que la viuda, loca de dolor.

 Abrazaba, bañada en llanto, a Periquín, el famoso limpiabotas, que llegaba día a día gritando: -¡Lustren!, y que el maldito muchacho tenía en los ojos cierta luz de placer, al sentirse abrazado, el rostro junto a la nuca rubia, donde de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio perfumado y embriagador..

Poema del Secreto. (Jose Angel Buesa.)

Puedo tocar tu mano sin que tiemble la mia,

y no volver el rostro para verte pasar,

Puedo apretar mis labios un dia y otro dia...

y no puedo olvidar.

Puedo mirar tus ojos y hablar frivolamente,

casi aburridamente, sobre un tema vulgar,

Puedo decir tu nombre con voz indiferente. . .

y no puedo olvidar.

Puedo estar a tu lado como si no estuviera,

y encontrarte cien veces, asi, como al azar. . .

Puedo verte con otro, sin suspirar siquiera.

y no puedo olvidar.

Ya vez: Tu no sospechas este secreto amargo,

mas amargo y profundo que el secreto del mar. . .

Porque pude dejarte de amar, y, sin embargo,

no te puedo olvidar.

Soneto para la Lluvia. (Jose Angel Buesa.)

Mi corazon no sabe lo que espera,

pero yo se que espera todavia,

igual que aquella noche que llovia

y te bese bajo la enredadera.

Tu amor se fue como si no se fuera,

pues algo tuyo vuelve cada dia,

y me dejaste la melancolia

de doblar el panuelo a tu manera.

Esta noche de viento y lluvia fria

quiero pensar que, si tu amor volviera,

al dejar de llover ya no se iria.

Y estoy aqui, bajo la enredadera;

y, como aquella noche que llovia,

mi corazon no sabe lo que espera. . .

Las Uvas del Tiempo. (Andres Eloy Blanco.)

 LAS UVAS DEL TIEMPO

 Madre:

 esta noche se nos muere un año. En esta ciudad grande, todos están de fiesta; zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!; claro, como todos tienen su madre cerca... ¡Yo estoy tan solo, madre, tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera; estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año pasado que se queda. Si vieras, si escucharas esta alboroto: hay hombres vestidos de locura, con cacerolas viejas, tambores de sartenes, cencerros y cornetas; el hálito canalla de las mujers ebrias; el diablo, con diez latas prendidas en el rabo, anda por esas calles inventando piruetas, y por esta balumba en que da brincos la gran ciudad histérica, mi soledad y tu recuerdo, madre, marchan como dos penas.

 Esta es la noche en que todos se ponen en los ojos la venda, para olvidar que hay alguien cerrando un libro, para no ver la periódica liquidación de cuentas, donde van las partidas al Haber de la Muerte, por lo que viene y por lo que se queda, porque no lo sufrimos se ha perdido y lo gozado ayer es una perdida. Aquí es de la tradición que en esta noche, cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega, todos los hombres coman, al compas de las horas, las doce uvas de la Noche Vieja.

Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!, como en los pueblos de mi tierra; en este gozo hay menos caridad; la alegría de cada cual va sola, y la tristeza del que está al margen del tumulto acusa lo inevitable de la casa ajena. ¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes, sin conocerse, con la buena nueva! Las manos que se buscan con la efusión unánime de ser hormigas de la misma cueva; y al hombre que está solo, bajo un árbol, le dicen cosas de honda fortaleza: «¡Venid compadre, que las horas pasan; pero aprendamos a pasar con ellas!» Y el cañonazo en la Planicie, y el himno nacional desde la iglesia, y el amigo que viene a saludarnos: «feliz año, señores», y los criados que llegan a recibir en nuestros brazos el amor de la casa buena. Y el beso familiar a medianoche: «La bendición, mi madre» «Que el Señor la proteja...» Y después, en el claro comedor, la familia congregada para la cena, con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado, y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa. ¡Madre, cómo son ácidas las uvas de la ausencia! ¡Mi casona oriental! Aquella casa con claustros coloniales, portón y enredaderas, el molino de viento y los granados, los grandes libros de la biblioteca —mis libros preferidos: tres tomos con imágenes que hablaban de los reinos de la Naturaleza—. Al lado, el gran corral, donde parece que hay dinero enterrado desde la Independencia; el corral con guayabos y almendros, el corral con peonías y cerezas y el gran parral que daba todo el año uvas más dulces que la miel de las abejas. Bajo el parral hay un estanque; un baño en ese estanque sabe a Grecia; del verde artesonado, las uvas en racimos, tan bajas, que del agua se podría cogerlas, y mientras en los labios se desangra la uva, los pies hacen saltar el agua fresca.

 Cuando llegaba la sazón tenía cada racimo un capuchón de tela, para salvarlo de la gula de las avispas negras, y tenían entonces una gracia invernal las uvas nuestras, arrebujadas en sus talas blancas, sordas a la canción de las abejas... Y ahora, madre, que tan sólo tengo las doce uvas de la Noche Vieja, hoy que exprimo las uvas de los meses sobre el recuerdo de la viña seca, siento que toda la acidez del mundo se está metiendo en ella, porque tienen el ácido de lo que fue dulzura las uvas de la ausencia. Y ahora me pregunto: ¿Por qué razón estoy yo aquí? ¿Qué fuerza pudo más que tu amor, que me llevaba a la dulce aninomia de tu puerta? ¡Oh miserable vara que nos mides! ¡El Renombre, la Gloria..., pobre cosa pequeña! ¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria, cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella! Y esta es la lucha ante los hombres malos y ante las almas buenas; yo soy un hombre a solas en busca de un camino.

 ¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda que a ti me lleva, madre; la verdad que corta por los campos frutales, pintada de hojas secas, siempre recién llovida, con pájaros del trópico, con muchachas de la aldea, hombres que dicen: «Buenos días, niño», y el queso que me guardas siempre para merienda? Esa es la Gloria, madre, para un hombre que se llamó fray Luis y era poeta. ¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede mi poesía andar como una reina! ¿Qué sabes tú de formas y doctrinas, de metros y de escuela? Tú eres mi madre, que me dices siempre que son hermosos todos mis poemas; para ti, soy grande; cuando dices mis versos, yo no sé si los dices o los rezas... ¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo toda una vida absurda, la promesa de vernos otra vez se va alargando, y el momento de irnos está cerca, y no pensamos que se pierde todo! ¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta y en la última uva libo la última gota del año que se aleja, pienso en que tienes todavía, madre, retazos de carbón en la cabeza, y ojos tan bellos que por mí regaron su clara pleamar en tus ojeras, y manos pulcras, y esbeltez de talle, donde hay la gracia de la espiga nueva; que eres hermosa, madre, todavía, y yo estoy loco por estar de vuelta, porque tú eres la Gloria de mis años y no quiero volver cuando estés vieja!... Uvas del Tiempo que mi ser escancia en el recuerdo de la viña seca, ¡cómo me pierdo, madre, en los caminos hacia la devoción de tu vereda! Y en esta algarabía de la ciudad borracha, donde va mi emoción sin compañera, mientras los hombres comen las uvas de los meses, yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.

 Mi labio está bebiendo de tu seno, que es el racimo de la parra buena, el buen racimo que exprimí en el día sin hora y sin reloj de mi inconsciencia. Madre, esta noche se nos muere un año; todos estos señores tienen su madre cerca, y al lado mío mi tristeza muda tiene el dolor de una muchacha muerta... Y vino toda la acidez del mundo a destilar sus doce gotas trémulas, cuando cayeron sobre mi silencio las doce uvas de la Noche Vieja.

Los Invalidos. (Baldomero Lillo.)

 La extracción de un caballo en la mina, acontecimiento no muy frecuente, había agrupado alrededor del pique a los obreros que volcaban las carretillas en la cancha y a los encargados de retornar las vacías y colocarlas en las jaulas Todos eran viejos, inútiles para los trabajos del interior de la mina, y aquel caballo que después de diez años de arrastrar allá abajo los trenes de mineral era devuelto a la claridad del sol, inspirábales la honda simpatía que se experimenta por un viejo y leal amigo con el que han compartido las fatigas de una penosa jornada.

 A muchos les traía aquella bestia el recuerdo de mejores días, cuando en la estrecha cantera con brazos entonces vigoroso hundían de un solo golpe en el escondido filón el diente acerado de la piqueta del barretero. Todos conocían a Diamante, el generoso bruto, que dócil e infatigable trotaba con su tren de vagonetas, desde la mañana hasta la noche, en las sinuosas galerías de arrastre. Y cuando la fatiga abrumadora de aquella faena sobrehumana paralizaba el impulso de sus brazos, la vista del caballo que pasaba blanco de espuma les infundía nuevos alientos para proseguir esa tarea de hormigas perforadoras con tesón inquebrantable de la ola que desmenuza grana por grano la roca inconmovible que desafía sus furores.

 Todos estaban silenciosos la aparición del caballo, inutilizado por incurable cojera para cualquier trabajo dentro o fuera de la mina y cuya última etapa sería el estéril llano donde sólo se percibían a trechos escuetos matorrales cubiertos de polvo, sin que una brizna de yerba, ni un árbol interrumpiera el gris uniforme y monótono del paisaje. Nada más tétrico que esa desolada llanura, reseca y polvorienta, sembrada de pequeños montículos de arena tan gruesa y pesada que los vientos arrastraban difícilmente a través del suelo desnudo, ávido de humedad. En una pequeña elevación del terreno alzábanse la cabría, las chimeneas y los ahumados galpones de la mina.

 El caserío de los mineros estaba situado a la derecha en una pequeña hondonada. Sobre él una densa masa de humo negro flotaba pesadamente en el aire enrarecido, haciendo más sombrío el aspecto de aquel paraje inhospitalario. Un calor sofocante salía de la tierra calcinada, y el polvo de carbón sutil e impalpable adheríase a los rostros sudorosos de los obreros que apoyados en sus carretillas saboreaban en silencio el breve descanso que aquella maniobra le deparaba. Tras los golpes reglamentarios, las grandes poleas en lo alto de la cabría empezaron a girar con lentitud, deslizándose por sus ranuras los delgados hilos de metal que iba enrollando en el gran tambor, carrete gigantesco, la potente máquina. Pasaron algunos instantes y de pronto una masa oscura chorreando agua surgió rápida del negro pozo y se detuvo a algunos metros por encima del brocal.

 Suspendido en una red de gruesas cuerdas sujeta debajo de la jaula balanceábase sobre el abismo con las patas abiertas y tiesas, un caballo negro. Mirado desde abajo en aquella grotesca postura asemejábase a una monstruosa araña recogida en el centro de tu tela. Después de columpiarse un instante en el aire descendió suavemente al nivel de la plataforma. Los obreros se precipitaron sobre aquella especie de saco, desviándolo de la abertura del pique, y Diamante libre en un momento de sus ligaduras se alzó tembloroso sobre sus patas y se quedó inmóvil, resoplando fatigosamente. Como todos los que se emplean en las minas, era un animal de pequeña alzada.

La piel que antes fue suave, lustrosa y negra como el azabache había perdido su brillo acribillada por cicatrices sin cuento. Grandes grietas y heridas en supuración señalaban el sitio de los arreos de tiro y los corvejones ostentaban viejos esparavanes que deformaban los finos remos de otro tiempo. Ventrudo, de largo cuello y huesudas ancas, no conservaba ni un resto de la gallardía y esbeltez pasadas, y las crines de la cola habían casi desaparecido arrancadas por el látigo cuya sangrienta huella se veía aún fresca en el hundido lomo. Los obreros lo miraban con sorpresa dolorosa.

 ¡Qué cambio se había operado en brioso bruto que ellos habían conocido! Aquello era sólo un pingajo de carne nauseabunda buena para pasto de buitres y gallinazos. Y mientras el caballo cegado por la luz del mediodía permanecía con la cabeza baja e inmóvil, el más viejo de los mineros, enderezando el anguloso cuerpo, paseó una mirada investigadora a su alrededor. En su rostro marchito, pero de líneas firmes y correctas, había una expresión de gravedad soñadora y sus ojos, donde parecía haberse refugiado la vida iban y venían del caballo al grupo silencioso de sus camaradas, ruinas vivientes que, como máquinas inútiles, la mina lanzaba de cuando en cuando, desde sus hondas profundidades.

 Los viejos miraban con curiosidad a su compañero aguardando uno de esos discursos extraños e incomprensibles que brotaban a veces de los labios del minero a quien consideraban como poseedor de una gran cultura intelectual, pues siempre había en los bolsillos de su blusa algún libro desencuadernado y sucio cuya lectura absorbía sus horas de reposo y del cual tomaba aquellas frases y términos ininteligibles para sus oyentes. Su semblante de ordinario resignado y dulce se transfiguraba al comentar las torturas e ignominias de los pobres y su palabra adquiría entonces la entonación del inspirado y del apóstol.

 El anciano permaneció un instante en actitud reflexiva y luego, pasando el brazo por el cuello del inválido jamelgo, con voz grave y vibrante como si arengase a una muchedumbre exclamó: -¿Pobre viejo, te echan porque ya no sirves! Lo mismo nos pasa a todos. Allí abajo no se hace distinción entre el hombre y las bestias. Agotadas las fuerzas, la mina nos arroja como la araña arroja fuera de su tela el cuerpo exangüe de la mosca que le sirvió de alimento. ¡Camaradas, este bruto es la imagen de nuestra vida! Como él callamos, sufriendo resignados nuestro destino! Y, sin embargo, nuestra fuerza y poder son tan inmensos que nada bajo el sol resistiría su empuje.

 Si todos los oprimidos con las manos atadas a la espalda marchásemos contra nuestros opresores, cuán presto quebrantaríamos el orgullo de los que hoy beben nuestra sangre y chupan hasta la médula de nuestros huesos. Los aventaríamos, en la primera embestida, como un puñado de paja que dispersa el huracán. ¡Son tan pocos, es su hueste tan mezquina ante el ejército innumerable de nuestros hermanos que pueblas los talleres, las campiñas y las entrañas de la tierra! A medida que hablaba animábase el rostro caduco del minero, sus ojos lanzaban llamas y su cuerpo temblaba presa de intensa excitación.

Con la cabeza echada atrás y la mirada perdida en el vacío, parecía divisar allá en lontananza la gigantesca ola humana, avanzando a través de los campos con la desatentada carrera del mar que hubiera traspasado sus barreras seculares.

 Como ante el océano que arrastra el grano de arena y derriba las montañas, todo se derrumbaba al choque formidable de aquellas famélicas legiones que tremolando el harapo como bandera de exterminio reducían a cenizas los palacios y los templos, esas moradas donde el egoísmo y la soberbia han dictado las inicuas leyes que han hecho de la inmensa mayoría de los hombres seres semejantes a las bestias: Sísifos condenados a una tarea eterna los miserables bregan y se agitan sin que una chispa de luz intelectual rasque las tinieblas de sus cerebros esclavos donde la idea, esa simiente, divina, no germinará jamás.

 Los obreros clavaban en el anciano sus inquietas pupilas en las que brillaba la desconfianza temerosa de la bestia que se ventura en una senda desconocida. Para esas almas muertas, cada idea nueva era una blasfemia contra el credo de servidumbre que les habían legado sus abuelos, y en aquel camarada cuyas palabras entusiasmaban a la joven gente de la mina, sólo veían un espíritu inquieto y temerario, un desequilibrado que osaba rebelarse contra las leyes inmutables del destino.

 Y cuando la silueta del capataz se destacó, viniendo hacia ellos, en el extremo de la cancha, cada cual se apresuró a empujar su carretilla mezclándose el crujir de las secas articulaciones al estirar los cansados miembros con el chirrido de las ruedas que resbalaban sobre los rieles. El viejo, con los ojos húmedos y brillantes, vio alejarse ese rebaño miserable y luego tomando entre sus manos la descarnada cabeza del caballo acaricióle las escasas crines, murmurando a media voz: -Adiós amigo, nada tienes que envidiarnos. Como tú caminamos agobiados por una carga que una leve sacudida haría deslizarse de nuestros hombros, pero que nos obstinamos en sostener hasta la muerte.

 Y encorvándose sobre su carretilla se alejó pausadamente economizando sus fuerzas de luchador vencido por el trabajo y la vejez. El caballo permaneció en el mismo sitio, inmóvil, sin cambiar de postura. El acompasado y lánguido vaivén de sus orejas y el movimiento de los párpados eran los únicos signos de vida de aquel cuerpo lleno de lacras y protuberancias asquerosas. Deslumbrado y ciego por la vívida claridad que la transparencia del aire hacía más radiante e intensa, agachó la cabeza, buscando entre sus patas delanteras u n refugio contra las luminosas saetas que herían sus pupilas de nictálope, incapaces de soportar otra luz que la débil y mortecina de las lámparas de seguridad.

 Pero aquel resplandor estaba en todas partes y penetraba victorioso a través de sus caídos párpados, cegándolo cada vez más; atontado dio algunos pasos hacia adelante, y su cabeza chocó contra la valla de tablas que limitaba la plataforma. Pareció sorprendido ante el obstáculo y enderezando las orejas olfateó el muro, lanzando breves resoplidos de inquietud; retrocedió buscando una salida, y nuevos obstáculos se interpusieron a su paso; iba y venía entre las pilas de madera, las vagonetas y las vigas de la cabría como un ciego que ha perdido su lazarillo. Al andar levantaba los cascos doblando los jarretes como si caminase aún entre las traviesas de la vía de un túnel de arrastre; y un enjambre de moscas que zumbaban a su alrededor sin inquietarse de las bruscas contracciones de la piel y el febril volteo del desnudo rabo, acosábalo encarnizadamente, multiplicando sus feroces ataques.

 Por su cerebro de bestia debía cruzar la vaga idea de que estaba en un rincón de la mina que aún no conocía y donde un impenetrable velo rojo que ocultaba los objetos que le eran familiares. Su estadía allí terminó bien pronto: un caballerizo se presentó con un rollo de cuerdas debajo del brazo y yendo en derechura hacia él, lo ató por el cuello y, tirando del ronzal, tomó seguido del caballo la carretera cuya negra cinta iba a perderse en la abrasada llanura que dilataba por todas partes su árida superficie hacia el límite del horizonte. Diamante cojeaba atrozmente y por su vieja y oscura piel corría un estremecimiento doloroso producido por el contacto de los rayos del sol, que desde la comba azulada de los cielos parecía complacerse en alumbrar aquel andrajo de carne palpitante para que pudieran sin duda distinguirlo los voraces buitres que, como puntos casi imperceptibles perdidos en el vacío, acechaban ya aquella presa que les deparaba su buena estrella.

 El conductor se detuvo al borde de una depresión del terreno. Deshizo el nudo que oprimía el fláccido cuello del prisionero una fuerte palmada en el anca para obligarlo a continuar adelante, dio media vuelta y se marchó por donde había venido. Aquella hondonada era cubierta por una capa de agua en la época de las lluvias, pero los calores del estío la evaporaba rápidamente. En las partes bajas conservábase algún resto de humedad donde crecían pequeños arbustos espinosos y uno que otro manojo de yerba reseca y polvorienta.

 En sitios ocultos había diminutas charcas de agua cenagosa, pero inaccesibles para cualquier animal por ágil y vigoroso que fuese. Diamante acosado por el hambre y la sed, anduvo un corto trecho, aspirando el aire ruidosamente. De vez en cuando ponía los belfos en contacto con la arena y resoplaba con fuerza, levantando nubes de polvo blanquecino a través de las capas inferiores del aire que sobre aquel suelo de fuego parecían estar en ebullición. Su ceguera no disminuía y sus pupilas contraídas bajo sus párpados sólo percibían aquella intensa llama roja que había sustituido en su cerebro a la visión ya lejana de las sombras de la mina.

 De súbito rasgo el aire un penetrante zumbido al siguió de inmediato un relincho de dolor, y el mísero rocín dando saltos se puso a correr con la celeridad que sus deformes patas y débiles fuerzas le permitían, a través de los matorrales y depresiones del terreno. Encima de él revoloteaban una docena de grandes tábanos de las arenas. Aquellos feroces enemigos no le daban tregua y muy pronto tropezó en una ancha grieta y su cuerpo quedó como incrustado en la hendidura. Hizo algunos inútiles esfuerzos para levantarse, y convencido de su impotencia estiró el cuello y se resignó con la pasividad del bruto a que la muerte pusiese fin a los dolores de su carne atormentada.

 Los tábanos, hartos de sangre, cesaron en sus ataques y lanzando de sus alas y coseletes destellos de pedrería hendieron la cálida atmósfera y desaparecieron como flechas de oro en el azul espléndido del cielo cuya nítida transparencia no empañaba el más tenue jirón de la bruma. Algunas sombras, deslizándose a ras del suelo, empezaron a trazar círculos concéntricos en derredor del caído. Allá arriba cerníase en el aire una veintena de grandes aves negras, destacándose el pesado aletear de los gallinazos el porte majestuoso de los buitres que con las alas abiertas e inmóviles describían inmensas espirales que iban estrechando lentamente en torno del cuerpo exánime del caballo.

 Por todos los puntos del horizonte aparecían manchas oscuras: eran rezagados que acudían a todo batir de alas al festín que les esperaba. Entre tanto el sol marchaba rápidamente a su ocaso. El gris de la llanura tomaba a cada instante tintes más opacos y sombríos. En la mina habían cesado las faenas y los mineros como los esclavos de la ergástula abandonaban sus lóbregos agujeros. Allá abajo se amontonaban en el ascensor formando una masa compacta, un nudo de cabezas, de piernas y de brazos entrelazados que fuera del pique se deshacía trabajosamente, convirtiéndose en una larga columna que caminaba silenciosa por la carretera en dirección de las lejanas habitaciones.

 El anciano carretillero, sentado en su vagoneta, contemplaba desde la cancha el desfile de los obreros cuyos torsos encorvados parecían sentir aún el roce aplastador de la roca en las bajísimas galerías. De pronto se levantó y mientras el toque de retiro de la campana de señales resbalaba claro y vibrante en la serena atmósfera de la campiña desierta, el viejo, con pesado y lento andar, fue a engrosar las filas de aquellos galeotes cuyas vidas tienen menos valor para sus explotadores que uno solo de los trozos de ese mineral que, como un negro río, fluye inagotable del corazón del venero.

En la mina todo era paz y silencio, no se sentía otro rumor que el sordo y acompasado de los pasos de los obreros que se alejaban. La obscuridad crecía, y allá arriba en la inmensa cúpula brotaban millares de estrellas cuyos blancos, opalinos y purpúreos resplandores, lucían con creciente intensidad en el crepúsculo que envolvía la tierra, sumergida ya en las sombras precursoras de las tinieblas de la noche.

El Ahogado. (Baldomero Lillo.)

 Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él extrajo un remo y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda y el botecillo, obedeciendo al impulso, resbaló sobre aquella especie de riel con la ligereza de una pluma. Tres veces repitió la operación. A la tercera recogió el remo y saltó a bordo del esquife que una ola había puesto a flote, empezó a cinglar con lentitud, fijando delante de sí una mirada vaga, inexpresiva, como si soñase despierto.

 Mas, aquella inconsciencia era sólo aparente. En su cerebro las ideas fulguraban como relámpagos. La visión del pasado surgía en su espíritu, luminosa, clara y precisa. Ningún detalle quedaba en la sombra y algunos presentábanle una faz nueva hasta entonces no sospechada. Poco a poco la luz se hacía en su espíritu y reconocía con amargura que su candorosidad y buena fe eran las únicas culpables de su desdicha. El bote, que se deslizaba lentamente, impulsado por el rítmico vaivén del remo, doblaba en ese instante el pequeño promontorio que separaba la minúscula caleta de la Ensenada de los Pescadores. Era una hermosa y fría mañana de julio.

 El sol muy inclinado al septentrión, ascendía en un cielo azul de un brillo y suavidad de raso. Como hálito de fresca boca de mujer, su resplandor, de una tibieza sutil, acariciaba oblicuamente, empañando con un vaho de tenue neblina el terso cristal de las aguas. En la playa de la ensenada, las chalupas pescadoras descansaban en su lecho de arena ostentando la graciosa y curva línea de sus proas. Más allá, al abrigo de los vientos reinantes, estaba el caserío.

 Sebastián clavó con avidez los ojos sobre una pequeña eminencia, donde se alzaba una rústica casita cuya techumbre de zinc y muros de ladrillos rojos acusaban en sus poseedores cierto bienestar. En la puerta de la habitación apareció una blanca y esbelta figura de mujer. El pescador la contempló un instante, fruncido el ceño, hosca la mirada y, de pronto, con un brusco movimiento del remo torció el rumbo y navegó en línea recta hacia el sur. Durante algún tiempo cingló con brioso esfuerzo; el barquichuelo parecía volar sobre la bruñida sabana líquida y muy luego el promontorio, el caserío y la ensenada quedaron muy lejos, a muchos cables por la popa.

 Entonces, soltó el remo y se sentó en uno de los bancos. Su actitud era meditabunda. En su rostro tostado que la rizada y oscura barba encuadraba en un marco de ébano, brillaban los ojos de un color verde pálido con expresión inquieta y obsesionadora. Todo su traje consistía en una vieja gorra marinera, un pantalón de pana y una rayada camiseta que modelaba su airoso busto lleno de vigor y juventud. El bote, entregado a la corriente, derivaba a lo largo de la costa erizada de arrecifes, donde el suave oleaje se quebraba blandamente. Sebastián, recogido en sí mismo, fijaba en aquellos parajes, para él tan familiares, una mirada de intensa melancolía.

 Y de pronto la vieja historia de sus amores surgió en su espíritu viva y palpitante, como si datara sólo de ayer. Ella empezó cuando Magdalena era una chicuela débil, de aspecto enfermizo. Él, por el contrario, era ya crecido y su cuerpo sano y membrudo tenía la fortaleza y flexibilidad de un mástil. El contacto diario de las comunes tareas había ido transformando aquel afecto fraternal en un amor apasionado y ardiente. Como hijos ambos de pobres pescadores, su mutuo cariño no encontró en la diferencia de fortunas obstáculos ni entorpecimientos. Fue, pues, sin oposición, novio oficial de Magdalena, quien era toda una mujer.

 Ni sombra quedaba en ella de la jovencilla esmirriada, a quien tenía que proteger a cada paso de las bromas de sus compañeros. La transformación había sido completa. Alta, de formas armoniosas, con su bello rostro y sus grandes ojos oscuros, era la joya de la caleta. Entonces fue cuando aquella herencia inesperada, recaída en la madre de su novia, vino a modificar en parte este estado de cosas. Experimentó una corazonada de mal augurio, cuando le dieron la noticia. Los hechos vinieron a confirmar bien pronto aquel presagio.

 El ajuar de Magdalena se transformó completamente. Los burdos zuecos fueron reemplazados por botines de charol y los trajes de percal cedieron el campo a las costosas telas de lana. Este cambio debíase en gran parte a la vanidad materna, que quería a toda costa hacer de la zafia pescadorcilla una señorita de pueblo. De aquí partieron los primeros tropiezos para el proyectado matrimonio. A juicio de la futura suegra, éste no debía efectuarse hasta que Sebastián no fuese propietario de una chalupa que reemplazase su misérrimo cachucho, el cual, según ella, era un viejo cascarón y no valía tres cuartillos.

 El mozo no pudo menos que someterse a esta exigencia; mas, con el entusiasmo del amor y la juventud, creyó que muy pronto se encontraría en estado de satisfacerla. El bote arrastrado por la corriente, presentaba la proa a la costa y Sebastián vio de improviso en la azul lejanía destacarse los masteleros de los buques anclados en el puerto. Cortó aquel panorama el hilo de sus recuerdos, reanudándose en seguida la historia en la época en que apareció el otro. Un día irrumpió en compañía de unos cuantos calaveras en la Ensenada de los Pescadores.

 Decíase marinero licenciado de un buque de guerra y mostrábase muy orgulloso de sus aventuras y de sus viajes. Con su fiero aspecto de perdonavidas, impúsose por el temor en aquellas pacíficas y sencillas gentes. Muy luego diose en cortejar a Magdalena, mas la joven, a quien repugnaba la aguardentosa figura del valentón, contestó a sus galanteos con el más soberano desprecio. Un suspiro se escapó del pecho del pescador. Entornó los ojos, y un episodio grabado profundamente en su memoria, se presentó a su imaginación.

 Un domingo por la mañana, de vuelta de la misa, marchando las muchachas adelante y los mozos atrás por el angosto sendero de la capilla, oyó, de repente, la voz airada de la joven que lo llamaba. --¡Sebastián, Sebastián! De un salto salvó el espacio que de ella lo separaba y vio al aborrecido rival que, sujetando por un brazo a la indignada muchacha, trataba, entre las risas de las demás, de cogerla por la cintura. La escena del pugilato aparecíasele envuelta en una espesa bruma.

Todo había sido cosa de un momento. Entre la admiración de todos hizo morder el polvo al cínico galanteador y si no se lo arrancan de entre las manos, habrían allí, probablemente, terminado todas sus valentías. Por algún tiempo nada se supo de él hasta que llegó la noticia de que, jurando vengarse de su descalabro, se había embarcado a bordo de un ballenero que zarpaba para una larga expedición a los mares del sur. Sebastián alzó la cabeza. De la ribera ascendía una ligera niebla que iba perdiéndose en los flancos de la escarpada costa. Ahora venía una época de relativa calma.

 Entregado con ardor al trabajo, procuraba reunir el dinero necesario para adquirir una embarcación de más valía que el diminuto cachucho. Mas, esto iba para largo y empezaba a comprender que con sólo el trabajo de sus manos tal vez no la conseguiría nunca. Entonces la sorda hostilidad de la madre de Magdalena, aquella vieja avarienta y vanidosa a la vez, se hizo de día en día más desembozada y tenaz. Él no era un partido digno para su hija. Con su inexperiencia de muchacho y seguro del afecto de Magdalena, burlábase de aquella oposición. Ahora comprendía cuán torpe había sido al despreciar tan temible adversario. Mas, ya era tarde para remediar el mal. Sólo le restaba la venganza. Al llegar a este punto, un relámpago pareció animar las apagadas pupilas del pescador.

 En su rostro se dibujó una expresión de amenaza y de cólera intensa y honda. Mas esta excitación fue pasajera y volvió a abismarse en sus reflexiones. La escena de la taberna lo sumió en una profunda meditación. Aunque esa tarde había bebido copiosamente, recordaba todos los detalles. En medio de su embriaguez el padre de la joven había soltado la verdad, brutalmente. Hacía un mes que había llegado la carta. Estaba fechada a bordo del ballenero y había sido traída por una goleta que había completado, primero que el bergantín, su cargamento.

 Estaba dirigida a la madre de Magdalena y en ella decía su rival que la expedición a la cual pertenecía, había realizado ganancias fabulosas de las cuales correspondíale, en su calidad de contramaestre, una no pequeña parte. Relataba algunas incidencias del viaje y concluía solicitando a Magdalena en matrimonio, pues sus intenciones eran establecerse en la ensenada e invertir su capital en grandes empresas de pesca, a las cuales asociaría a su futuro suegro.

El viejo terminó su confidencia diciendo que Magdalena, que había empezado por rechazar abiertamente todo compromiso con el marinero, había ido, poco a poco, cediendo a las instancias maternales y a la sazón, aunque no mostraba gran entusiasmo por el nuevo y ventajoso partido que se le proporcionaba, su repugnancia se había debilitado en gran parte. Todo aquello, dicho por la estropajosa voz del viejo que excusaba su debilidad con la voluntad indomable de su mujer, a la cual había estado siempre subordinado, le produjo el efecto de un mazazo en el cerebro.

 Mas luego estalló en él una ira terrible. De un empellón derribó al vejete que quería retenerlo, y se abalanzó a comprobar, de la propia boca de Magdalena, la veracidad de aquella noticia. Pero la excitación producida por la cólera y las libaciones convirtió aquella explicación en reyerta, que terminó en un rompimiento definitivo. A las palabras duras que le dirigiera, contestó la joven con otras ásperas e incisivas que lo volvieron loco furioso Aquella actitud suya había sido una nueva torpeza, pues tenía la convicción íntima de que Magdalena lo amaba, siendo la maléfica influencia de su madre la que la apartaba de su brazos. ¡Si él tuviese algún dinero! Y el deseo furioso de ser rico, de poseer riquezas, penetró como un dardo en su cerebro sobreexcitado. ¡Ah, si pudiera evocar a los espíritus infernales, no titubearía un instante en vender su sangre, su alma, a cambio de ese puñado de oro, cuya falta era la causa única de su infelicidad! Pensó en los tesoros que guardaba avaro en su seno el mar.

 En las leyendas fantásticas de cofres llenos de corales y de perlas, flotando a merced de las olas y que el genio de las aguas ponía al alcance de un humilde pescador. El insomnio de la noche, los efectos de la orgía de la víspera, el derrumbe de sus esperanzas y los atroces celos que le atenaceaban el alma, marcaban sus huellas profundas en su semblante. Sentía una sed vivísima. Se levantó del banco y buscó debajo de la proa, extrayendo de un escondite hábilmente disimulado una botella. Quitó la tapa y bebió con ansia. Poco a poco su rostro pálido se coloreó.

 Un principio de embriaguez sé pintó en sus verdosas pupilas. Cogió el remo y se puso a cinglar para salir de la corriente y acercarse más a la costa. De improviso, al doblar un cordón de arrecifes, distinguió por la proa, flotando sobre el agua, un objeto redondeado que llamó poderosamente su atención. Con un golpe de remo enderezó el rumbo y marchó en línea recta en demanda de aquello que despertaba su curiosidad. A medida que se aproximaba, su extrañeza se convertía en asombro. Luego, toda duda fuele ya imposible: lo que sobresalía del agua a pocos metros de él era la cabeza de un hombre. Se acercó un poco más y un espectáculo extraño se presentó ante su vista.

 Un joven, casi niño, completamente desnudo, yacía sumergido hasta el cuello en las frías y salobres ondas. Su posición casi vertical se debía a un salvavidas sujeto debajo de los brazos, en el que se destacaba con letras azules este nombre: "Fany". Es un desertor, pensó Sebastián, recordando la fragata que al anochecer del día anterior había anclado cerca de la costa. Buscó con la vista el barco y lo distinguió navegando a velas desplegadas afuera del golfo. Como el nordeste que lo obligara a recalar allí cambiase horas después, había levado anclas y emprendido de nuevo su ruta desconocida.

Sin mucho esfuerzo se imaginó el pescador al grumetillo descolgándose del portalón de la nave a las altas horas de la noche. Mas, el fugitivo no había contado con la frialdad del agua, ni con la engañosa proximidad de la costa. Sebastián contempló el cuerpo amoratado y rígido que se destacaba a través del agua transparente, y viendo que las azules pupilas del náufrago se clavaban en las suyas suplicantes, le dirigió algunas palabras en esa jerga tan común a la gente de mar. Pero de aquella boca, cuyos labios recogidos mostraban los blancos dientes, no brotó ningún sonido.

 La vida del grumete parecía haberse refugiado toda entera en sus inquietos y móviles ojos, cuya imploración muda hizo por un instante olvidar a Sebastián sus propios pesares. Se inclinó para desembarazarlo del paquete de ropas que tenía atado a la espalda, pero, no pudiendo desatar los nudos, buscó la navaja del marinero, guiándose por el cordón que asomaba entre los pliegues del traje de sarga azul. Tiró de aquel cordón y, mientras una extremidad quedaba fija en las ropas, en la otra apareció la navaja unida o otro objeto pesado y brillante. Era un portamonedas de mallas metálicas que Sebastián, casi sin darse cuenta de lo que hacía, abrió oprimiendo el resorte. Su contenido, una gruesa cantidad de monedas de oro, lo maravilló.

 Mentalmente trató de calcular el valor de aquellos áureos discos y de súbito se echó a temblar. Una idea siniestra acababa de herir su cerebro, dejándolo deslumbrado. Mientras su cabeza ardía, un frío glacial comenzó a descender a lo largo de sus extremidades. Una sed ardiente le abrasó las fauces. Cogió la botella y llevándola a sus labios, bebió el líquido que encerraba hasta la última gota. Casi instantáneamente cesó el nervioso temblor y su mirada adquirió una fijeza extraña de alucinado. Ya no pensaba en el náufrago.

 El mar, los arrecifes, la gallarda nave, todo aquel panorama habíase desvanecido, borrándose de su vista como una niebla lejana. Veíase triunfante junto a Magdalena que le sonreía ruborosa a través de su blanco velo de desposada. Era el día de boda. La magnífica chalupa que los conducía de regreso del puerto era de su propiedad y volaba sobre las aguas, impulsada por sus ocho remos como una rauda gaviota. De repente, su rostro transfigurado por una felicidad suprema se ensombreció. Conservando en la diestra la navaja y el portamonedas, su mirada se clavó en el náufrago dura y fulgurante como la hoja de un puñal. Mientras hacía jugar el muelle del arma, aquel rostro juvenil vuelto hacia él con expresión de angustioso terror le pareció el genio del mal que surgía de su antro, en las profundidades, para arrebatarle la felicidad.

Un simple tajo en el caucho del salvavidas y aquel obstáculo desaparecería para siempre. Durante un minuto vaciló. Todo lo que en él había de generoso y noble pugnó por sobreponerse en la terrible lucha que se libraba en su corazón. Un golpe sordo en el agua hízole estremecer. Un gran pájaro marino se levantaba de un círculo de hirviente espuma, llevando en su férreo pico un vívido y plateado pez. Siguió al ave en su vuelo y, de súbito, su cuerpo vibró de pies a cabeza, como si hubiese recibido el choque de una corriente galvánica.

En el blanco velamen del barco, hundiéndose en el horizonte, vio al ballenero que volvía. Sus ojos adquirieron otra vez aquella inmóvil fijeza. Contemplaba de nuevo a Magdalena ataviada con su traje de novia, pero ya no era él el que estaba a su lado, junto al lecho nupcial, sino el otro. Mirábala sonreír mientras aquel rostro bestial, convulso por el deseo, se aproximaba al de ella, fresco y purpúreo como una rosa. Vio, en seguida, cómo una mano, más bien una garra, en cuyo dorso había grabada una ancha ancla, se posaba en el blanco y nacarado seno... Un sordo rugido se escapó por entre sus dientes apretados y se inclinó veloz sobre la borda.

 El salvavidas se desinfló instantáneamente; la rubia cabeza se hundió en el agua y Sebastián vio durante un segundo los ojos azules del náufrago crecer, aumentar, salirse casi de las órbitas, sin que pudiera apartar sus ojos de la terrífica visión. El cuerpo inclinábase de espaldas hasta tomar la posición horizontal y, de pronto, le pareció que el descenso se interrumpía, sintiendo, al mismo tiempo, en la diestra un leve tirón. Desencogió las falanges y la navaja y el portamonedas atraído por el delgado cordoncillo, saltaron por encima de la borda y desaparecieron en el mar.

 Con la vista extraviada, desencajado el semblante, el pescador, dando un brinco, qué casi hace zozobrar la embarcación, se precipitó sobre el remo y comenzó a cinglar desesperadamente. Seis días han transcurrido. Sebastián, sentado en el banco de popa de su esquife, déjase arrastrar por la corriente en dirección al sur. Los ojos del pescador tienen un brillo y expresión extraños. Su lívido semblante, azorado e inquieto, sufre continuas transmutaciones.

 Sus ropas, en desorden, están cubiertas de fango. A veces sus miembros se crispan convulsivamente, los ojos parecen saltársele de las órbitas y se vuelve con presteza a la derecha o a la izquierda buscando la causa de aquel estruendo que, como un pistoletazo, acaba de resonar en sus oídos. Su existencia, durante la semana que acaba de transcurrir, ha sido una orgía continua. Aquella mañana se encontró tirado en el arroyo frente a la taberna. Se levantó y echó a andar como un autómata. Una vez en la caleta, un leve esfuerzo le bastó para que flotara el bote, pues la marea comenzaba ya a lamer su filosa quilla. Sentado en el banco, nada recuerda, en nada piensa. En su cerebro hay un enorme vacío y ve las más extrañas y raras figuras desfilar por delante de sus ojos.

Todo lo que mira se transforma al punto en algo extravagante. El dorso de un arrecife es un disforme monstruo que le acecha a la distancia y la extremidad del remo se convierte en un diablillo que le hace burlescos visajes. Por todas partes seres extraños, con vestimentas azules o escarlatas, bailan infernales zarabandas. De súbito, un halcón marino se precipita de lo alto y se hunde en el agua, a pocos metros de un arrecife. El ruido de la caída y el blanco penacho de espuma que levanta el choque producen en el pescador una agitación extraordinaria. Mira con ojos extraviados y el sopor de su espíritu se desvanece.

Está en el sitio y muy cerca del escollo junto al cual se hundiera la rubia cabeza del náufrago. Y estremecido, presa de infinito terror, se acurruca en el fondo del bote. Aunque la vista del mar le causa invencible pavura, una fuerza más poderosa que su voluntad lo obliga a alzar poco a poco la cabeza. El temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes aumentan a medida que se asoma sobre la borda. Trata de rebelarse, pero, vencido, dominado por aquel irresistible poder, quédase inmóvil, con las pupilas inmensamente dilatadas fijas en el agua que acaricia los costados del bote con chasquidos que asemejan amorosos ósculos.

 En un principio sólo ve una masa líquida, de un matiz de esmeralda intenso. Mas, a medida que su vista se hunde en ella, las capas del agua se toman más y más transparentes. Muy luego divisa el fondo de arena tapizado de conchas marinas y de pronto algo confuso, de un tinte blanquecino, que destaca allí abajo, atrae toda su atención. Como a través de un cristal empañado, que va perdiendo gradualmente su opacidad, los contornos de aquel objeto informe se precisan, adquieren relieve y el conjunto se destaca poco a poco con claridad y nitidez.

 De súbito una terrible sacudida agita de pies a cabeza a Sebastián... El cuerpo está acostado de espaldas, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. Su boca, sin labios, muestra dos hileras de dientes afilados y blancos, y de sus órbitas vacías brotan dos llamas que van a clavarse, como otros tantos dardos, en las verdes pupilas del homicida, quien, en el paroxismo del terror, trata inútilmente de sacudir la inercia de sus miembros y huir de la pavorosa visión. Una fatal fascinación lo posee; quisiera cerrar los ojos, apartarse de la borda, pero ni uno solo de sus músculos le obedece.

Y el muerto sube. Abandona suavemente su lecho de conchas y asciende en línea recta a la superficie sin cambiar de postura, extendido de espaldas, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. En su horrible rostro hay una expresión de venganza implacable, de aguada ferocidad. Un sordo estertor brota de la garganta de Sebastián. Su cuerpo tiembla como el de un epiléptico, mas no puede apartarse del flanco del bote. Y el ahogado sube, sube cada vez más a prisa. Ya está a diez brazas, ya está a cinco, luego a dos. Y en el instante en que los brazos del muerto se tienden para cogerle en un abrazo mortal, el pescador, dando un tremendo salto, va a caer de pie sobre la popa de la embarcación.

De ahí brinca a un arrecife, donde el bote abandonado a sí mismo ha ido a chocar y, ganando la parte más alta de la roca, mira despavorido a su derredor. Mas, apenas su vista se ha posado en el borde del agua, cuando salta de allí a la parte opuesta para volver al mismo sitio un segundo después y, loco de terror, de un arrecife pasa otro, con los cabellos erizados, flotando al viento. Es que él está ahí y lo persigue. El agua hierve en torno de los escollos con las arremetidas del ahogado que azota las olas como un delfín. Está en todas partes, a derecha e izquierda, delante y detrás.

Sebastián oye rechinar sus dientes y ve, a través del agua, el cuerpo hinchado, monstruoso, con sus largos brazos prestos a asirle al menor descuido o al más ligero traspié. Y para evitarlo salta, se escurre, se agazapa, corre de aquí para allá desatentado, sin encontrar un refugio contra la horrenda y espantable aparición. De improviso se encuentra preso en un arrecife solitario. La marea le ha interceptado el paso y no puede ya avanzar ni retroceder. A medida que el agua sube y el peñasco se hunde, el ahogado estrecha el cerco y redobla sus acometidas.

Varias veces el pescador ha creído sentir en sus desnudas piernas el contacto frío y viscoso de aquellos brazos que, como los tentáculos de un pulpo, se tienden hacia él con una avidez implacable. El fugitivo multiplica sus movimientos, su pecho jadea, la fatiga lo abruma.

 De pronto, mientras agita sus manos en el vacío y lanza un pavoroso grito, una ola viene a chocar contra sus piernas y lo precipita de cabeza al mar. Mientras el sol distánciase cada vez más de la cima de los acantilados, el bote se aproxima con lentitud a la playa, sacudido por el espumoso oleaje, sobre el cual los halcones del océano se deslizan silenciosos, escudriñando las profundidades.

Las cosas nunca salem como uno quisiera. (Raul Brasca.)

 Las cosas nunca salen como uno quisiera La conocí por culpa de mi socio. Fue él quien se fijó primero en ella. Acabábamos de almorzar y yo me había demorado adentro del boliche esperando la cuenta. Salí, y lo vi siguiendo a una chica por la mitad de la cuadra. Ella no le llevaba el apunte, seguro que le decía las mismas bestialidades de siempre, es un animal. Apuré el paso y los alcancé. A mí me gusta decir piropos y la chica estaba muy bien, al menos de atrás.

 No recuerdo qué fue lo que le dije, algún elogio. A esta altura, lo primero que me despierta una piba de veinte es admiración y se lo digo. No es que ande buscando programa, lo hago de puro vicio, aunque si se da. El caso es que ella me miró y me hizo una sonrisa larga; quiero decir que siguió sonriendo después de verme la calva y la ropa de trabajo manchada de grasa. Me quedé medio cortado por la sorpresa. "Andá que está con vos", dijo mi socio dándome con el puño en los riñones.

 Una vez que empecé, me fue fácil. Ella no se hizo rogar para hablarme y cuando la invité a tomar algo dijo que sí enseguida. Nos sentamos a una mesa junto a la ventana. Ella hablaba sin parar y me miraba continuamente a los ojos como preguntándome no sé qué. La mirada no tenía nada que ver con lo que decía. Qué cara tramposa, pensé. Linda. Decía que era raro que yo no la tuviera presente porque ya nos habíamos cruzado antes, ella trabajaba en una tienda a dos cuadras del taller; que se llamaba Adriana y era de Sagitario, muy sensible; que coleccionaba muñecas.

 Hablaba tanto que me costaba seguirla. Pero lo realmente difícil era sostenerle la mirada. En un momento en que bajé la vista, me vi el anillo de casamiento. Igual ya era tarde, esas cosas a las mujeres no se les escapan, pero Adriana no lo había mencionado. Señal de que no le importa, pensé, y le agarré una mano: lo peor es pasar por lerdo. Ella sonrió aprobadora y empezó a jugar con mis dedos como si lo viniera haciendo desde siempre. Mientras, me contaba que vivía con la madre, que no era compañía para ella porque no se entendían. "¿Y tu papá?", le pregunto. Ahí hizo un silencio y apartó de mí la mirada por primera vez.

 Miró la calle y descubrió la caravana de un circo que se acercaba. Le agarró un entusiasmo descomunal. El circo desfilaba frente a nosotros y ella me señalaba los payasos y nombraba a los animales. Estuvo eufórica hasta que ya no pudo ver el último carromato ni con la cara pegada al vidrio de la ventana. Después se calmó de a poco y retomó la charla para decirme que tenía mala suerte con los hombres, porque los que se le acercaban eran del tipo de mi socio, y que no salía con nadie. Aquí paró de hablar, como esperándome.

 Entonces le dije qué lástima, tan linda y solita, y que me gustaría acompañarla un poco. Aceptó. Quedamos en que la iba a ir a buscar a la salida de la tienda cualquier día de esos y se fue porque tenía que volver a trabajar. Cuando le conté a mi socio, no se alegró nada. Claro, él es joven, mide uno noventa y hace aparatos. Seguro que mucho no me creyó y como después no le volví a hablar de Adriana debió pensar que todo había sido un cuento para hacerlo rabiar.

 La verdad es que los días se me iban pasando y no me decidía a buscarla. Raro, porque ganas tenía; creo que en el fondo presentía algo. No habría pasado una semana de la charla en el café, cuando una tarde que yo estaba en la fosa poniendo un chapón, oigo a mi socio que me llama. Apenas me asomo, le veo la sonrisa medio forzada. Me señala la puerta con la cabeza. Subo y ahí estaba Adriana, con unos pantalones blancos muy justos y un paquetito largo envuelto para regalo. "Qué hacés, vení, pasá", le dije, qué le iba a decir.

 Ella no se movió: las mujeres sólo entran al taller sobre cuatro ruedas, las que entran de a pie saben que están en territorio enemigo, o sea: buscan guerra. Fui yo caminando hasta la puerta. "¿Qué hace la chica más linda del barrio?", le digo. Ella sacudió el pelo nerviosa, y poniendo cara de reproche y de disculpa al mismo tiempo, me dijo: "Sos un poco mentiroso vos, me cansé de esperarte". Yo empecé medio trabado porque no tenía ninguna excusa pensada: que sí, que iba a ir, pero que había estado tapado de trabajo y no lo podía largar solo a mi socio, que no me había olvidado, cómo iba a olvidarme. Ella estaba cruzada de brazos y con una mano tocaba el piano sobre el pulóver; me miraba muda, con la cabeza ladeada y los labios fruncidos. Al final hizo como que no le importaba. "Te extrañé mucho -dijo-, esto es para vos", y me da el paquetito.

Yo no lo quería aceptar pero no me dio tiempo. "¿Vas a ir a buscarme?" dijo. "Sí, claro que voy a ir, no fui por lo que te dije, en serio (la miraba a los ojos para parecer sincero). La pura verdad, te juro". Poco a poco, se le iba aflojando la desconfianza, me di cuenta de que quería creerme. "No veía la hora de verte de nuevo", le dije para rematar. "¿Y cuándo vas a ir?", me pregunta bajito con la voz desafinada, casi con miedo.

Yo demoré en contestarle, no podía creer lo que me pasaba, me parecía haber retrocedido veinte años. "Mañana, mañana cuando salgas del trabajo tomamos un café", le digo. Fueron palabras mágicas, se le borró la preocupación de la cara y se puso contenta como antes. "Bárbaro, te espero", me dice; y ya se iba, como para que no pudiera arrepentirme. "Esperá que abro el regalo", le grité. "Te espero mañana", gritó también ella desde lejos. Me quedé ahí parado con el paquete. "¿Qué será?", dije pensando en voz alta.

 "Un forro gigante, los enanos tienen fama de superdotados", contestó mi socio. Yo torcí la boca y lo dejé riéndose solo. Me revientan las bromas sobre mi estatura. Era una corbata a rayas, de colores sobrios; se notaba que ella, al elegirla, había pensado en mi edad. Yo no entendía nada. Después, en frío, me parecía que el asunto no podía ser como aparentaba. Demasiado fácil. Ya no puedo creer así nomás en un amor a primera vista: a veces me miro al espejo. Ni de galán maduro puedo dármelas.

 Al otro día, en el café, llevábamos un buen rato de charla y yo no había encontrado la oportunidad para ponerla a prueba. De nuevo no podía meter ninguna cuña en la conversación. Ella me venía contando su vida desde el principio, como para que yo supiera hasta el último detalle. De golpe noté que se había saltado una parte. Sin explicarme nada había dicho: "Cuando quedamos solas, entré a trabajar en la tienda, de algo teníamos que vivir. Pero necesito otra cosa: la plata apenas si nos alcanza para comer". "¡Y me regalaste una corbata!", le digo.

 Ella sonrió orgullosa. "Justamente yo también quería hacerte un regalo - le dije- pero no sé qué comprar". Saqué un billete de cien. "Tomá, comprate lo que quieras". Se puso triste. "Si querés regalarme algo, comprame un chocolate grande", contestó. Yo respiré aliviado. Cuando salimos, le compré un chocolate enorme, y antes de que subiéramos al coche ya se lo estaba comiendo. Estacioné por ahí cerca, en un lugar tranquilo. Paré el motor y la miré fijo, como dispuesto a ir al grano. Ella pareció sorprenderse y dejó de masticar, fue un segundo nomás. Después siguió comiendo, se hacía la distraída. Todavía le quedaba la mitad del chocolate, y para apurar la cosa, le pedí que me convidara.

Me dio un pedacito que ni se veía. "Qué generosa", le dije. Ella levantó los hombros. No sé si me parecía a mí o el chocolate ese no se terminaba nunca. Al fin lo terminó y se inclinó sobre mi pecho. Mientras sólo le acariciaba el pelo y le hacía cosquillas detrás de la oreja anduvimos bien. Se quedaba quietita como una gata mimosa. Pero no bien intenté bajar la mano me dijo: "No, seguí así que me gusta". Qué sé yo cuánto tiempo me tuvo con lo mismo, ya estaba aburriéndome.

Medio me enojé, hacía mucho que no me quedaba con las ganas. Entonces me dejó besarla, pero con un quite de colaboración total. Eso me molestó, puse en marcha el auto y la llevé a la casa. En el camino apenas si le contestaba lo que decía. Me rompía la cabeza pensando: si ella sabe que soy casado, ¿a qué tantas vueltas?, no iba a pretender que le hiciera el novio. ¿Pero quién entiende a las mujeres?, hacen cosas inexplicables y al tiempo uno se da cuenta de que lo llevaron de aquí para allá como un gallito ciego para llegar a donde era más fácil ir derecho.

 Había quedado bien calentito y se lo comenté a mi socio. "Estará loca, qué sé yo - dice -, si no es para sacarte plata debe estar loca". "¿Qué querés decir?", le dije. "Bueno, no sé, se habrá enamorado", contestó con cara de sobrador. Sigue con la sangre en el ojo, que se vaya al diablo, pensé. Y me puse a trabajar para no seguir hablando. Estuve toda la tarde que no me aguantaba ni a mí mismo. Cuando estábamos ordenando el taller para irnos caí en la cuenta de que había entregado un coche sin el filtro de aire; y él, al ver el filtro en mi mano, sonrió burlón e hizo sonar un beso largo con ademanes.

 Preferí no hacerle caso, porque si no, se armaba. Para peor, a la noche, anduve dando vueltas por la casa como enjaulado y mi mujer empezó a mirarme torcido. Ella me había agarrado en un renuncio hacía dos años y ahora olía el peligro como un escape de gas en la cocina. La diferencia era que esta vez no me importaba. Cuando vino a acostarse me hice el dormido.

 Estaba preocupado: a mi mujer la quería y nunca había tenido problemas con mi socio. Me daba cuenta de cuánto se podía complicar mi vida por culpa de Adriana. Decidí que cuando la volviera a ver, tenía que quedar todo muy claro o terminar. Pero la vez siguiente fue lo mismo, mantuvo la defensa en alto todo el tiempo. Hablaba de las discusiones que tenía en el trabajo o con la madre y se quedaba esperando mi opinión. ¿Esta mina me querrá para que le dé consejos?, pensaba yo. Entonces le dije: "Mirá Adriana, yo soy un hombre casado y no tengo ningún problema con mi mujer, ¿me entendés?, NINGUN PROBLEMA. Tengo tres hijos, la mayor tiene tu edad, y la familia es lo más importante para mí. Me gustás mucho, podemos pasar buenos ratos juntos, todo lo que vos quieras. Pero ahí se terminó, ¿entendiste? No quiero que te equivoques". No entendió. "¿Y cómo es ella?", preguntó. "¿Mi mujer?", le digo. "No, tu hija, la de mi edad". Yo me quedé cortado. "Qué sé yo, soy el padre: es bonita..., una chica sin complicaciones, alegre", le dije. Ella no preguntó más, me miraba como de lejos. "Vamos, qué pasa -le digo-, si no hay ningún drama, podemos divertirnos". Negó con la cabeza.

"Vamos", le dije de nuevo, y ella volvió a negarse. Se estaba poniendo pesada. Perdido por perdido me arriesgué: "No demos más vueltas. Vamos a un buen hotel, ¿eh?". Primero pensé que no había escuchado, después soltó un no tan cortito y débil que apenas pude oírlo. Y no hablamos más, por un rato cada cual estuvo en lo suyo. Me costó, pero al final lo decidí. "Está bien - le dije -, vos elegís...Y otra cosa: no vuelvas a aparecerte por el taller, esto se terminó". Ella siguió callada. Se había puesto pálida. Me besó como a un amigo y bajó del auto. Qué le voy a hacer, pensé, si hubiera aceptado habría sido como tocar el cielo con las manos, pero así no podíamos seguir. Había hecho bien: me la había sacado de encima a tiempo. Al menos eso creí y me sentí aliviado.

Serían las diez de la mañana del día siguiente cuando apareció por el taller, feliz y desenvuelta, hablando mucho de todo menos de la tarde anterior; parecía haberla borrado. Pensé que era su forma de perdonarme, así que le seguí el juego. Traía una camisa de regalo y me preguntó si iba a ir a buscarla a la tarde. Le dije que no podía y que se llevara la camisa. Pero no pude convencerla. A los tres días volvió; me contó mi socio porque yo no estaba. Y a la mañana siguiente, como me avisaron, me escondí antes de que me viera; igual me dejó un cinto. Yo no quería saber nada, me agarraba la cabeza. Si iba a la tienda a devolverle las cosas seguro que se ponía a discutir y hacíamos un papelón. Mandárselas con otro era inútil porque no las iba a recibir. Y si me las quedaba: ¿cómo la explicaba a mi mujer que había comprado todo eso?.

 La única solución era guardarlas en el taller para ir sacándolas de a poco; pero no quise, hubiera sido como aprovecharme de ella. En algún momento se va a cansar, pensaba yo cada vez que, desde mi escondite, veía que asimilaba el no está sin pestañear siquiera, casi indiferente. Y, sin embargo, volvía. Me hacía sentir un cretino. Ante mi socio, yo aparentaba tomármela en broma. "¿Viste cómo me quieren las chicas? ¿a que a vos no te hacen regalos como estos?", le decía. "A mí las minas me dan cosas mejores", gruñía él; y todo terminaba ahí. Hasta que ayer, después que ella se fue, de comedido nomás, se puso a opinar. "Lo que quiere esa mina es un macho que la atropelle - dice -. Estate atento cuando vuelva que te voy a enseñar cómo se hace. Vas a ver que le hago cambiar las pilchas por otras para hombre". Yo me enfurecí.

 Le dije que si le ponía un dedo encima a Adriana le reventaba la cabeza de un fierrazo y que, desde ya, fuera pensando en poner un taller por su cuenta. "Pará, loco - dijo -, no sabía que estabas de novio". No le contesté. En el momento, él tampoco agregó nada, pero un poco después me dijo: "Si hablás en serio, sabé que a lo de ponerme por mi cuenta le vengo dando vueltas desde que estás en la luna". Quedé aturdido, sin saber qué decir, no imaginaba que podía llegar tan lejos.

 Era cierto, yo había estado muy distraído; si no habíamos tenido problemas con los clientes había sido porque él vigilaba mi trabajo. En todo ese día apenas si nos hablamos, yo tragándome la humillación, y él agrandado por lo dicho. A eso de las cinco me cambié, tiré todos los regalos en el asiento de atrás del coche, y fui a esperar a Adriana a la salida de la tienda. Cuando me vio se le iluminó la cara y subió al auto enseguida. No la dejé besarme. "Te había dicho que no fueras al taller - le digo -. A ver si nos entendemos: NO QUIERO SABER MAS NADA. Borrate para siempre, ¿entendés?, bien clarito: PARA SIEMPRE. Yo no le hago el novio a nadie, ni a vos ni a nadie. Y, oíme bien, ahora voy a llevarte a tu casa, y te vas a guardar tus regalos. De todo esto no quiero conservar ni el recuerdo". Se lo dije de un tirón, quería ser como una aplanadora, matarla, que no le quedara aire para contestarme. Pero no. "En mi casa no bajo", dijo ella, y se puso a jugar con los dedos en mi pelo, en plena avenida, a la vista de todos.

 Arranqué y desaparecí de ahí, subí a la Panamericana. Para hacerme reír, me hacía cosquillas en la nuca, que la tengo sensible pero, como yo no aflojaba, me desabrochó la camisa y empezó a acariciarme el pecho. Decía que yo tenía razón, que se había portado como una tonta y que ahora iba a ser una nena obediente. Yo manejaba serio, mirando fijo la ruta, como si no la oyera. Ella bajaba la mano cada vez más. "¿Adónde vamos?", me dice pasando suavecito un dedo sobre mi piel, al borde del cinturón. "Qué sé yo, para el lado de Córdoba, te bajo en Chañar Ladeado o por ahí, después volvete como puedas", le dije medio atragantado y temblándome la voz. Ella sonrió. Bah, sí, me juego, pensé, la llevo a un hotel. Pegué un volantazo y bajé de la autopista. Ella, sorprendida, sacó la mano y miró alrededor.

 Cuando, en vez de retomar la ruta para volver, seguí por la callecita lateral, se enderezó muy seria en el asiento: teníamos el hotel enfrente. Yo seguí adelante sin mirarla, tan mudo como ella; que notara que estaba decidido. No bien entramos en la habitación empecé a desvestirme. Ella seguía sin abrir la boca, mirándome, parada cerca de la puerta. "¿Y?", le digo. No contestó. Me sentí incómodo: es difícil desnudarse frente a una mujer vestida que lo mira a uno. "¿Qué pasa ahora?", le pregunté recelando la respuesta. "No quiero", dijo. Zas, empezamos de nuevo, pensé; y dejé caer los brazos como quien está en el colmo del cansancio. "No quiero", volvió a decir casi rogándome. Yo vi que era inútil y me puse de mal humor. "Bueno, se acabó, vámonos", le dije muy seco.

 Ella habrá notado que esta vez iba en serio o esperaría otra reacción, porque dudó. Pero enseguida le brillaron los ojos de entusiasmo: "Mejor nos quedamos un ratito", dijo. Tan perplejo me habrá visto que lo repitió: "sí, un ratito". El malhumor se esfumó al instante y me acosté. Ella se sacó los zapatos y se acurrucó contra mí, me abrazó. Yo no podía creerlo, me sentía en las nubes. Empecé a acariciarla. "Quedate quieto", dijo. "¿Y ahora qué hice?", le contesté alarmado. "Nada, contame algo", me pidió como lo más normal. Me confundió del todo y abandoné: ya no me quedaba resto. "¡Y qué querés que te cuente!", le dije resignado. Pensó un momento. "Algo que empiece con había una vez". A mí me salió como si hubiera sabido que iba a pedirme eso: "Había una vez un tipo que estaba de lo más bien porque no esperaba nada- empecé-. Hasta que un día le hicieron una sonrisa larga y, el muy boludo, creyó que podía recuperar el pelo y la temperatura de veinte años atrás". Hablaba sin mirarla.

No me importaba si me escuchaba o no. Tardé en darme cuenta de que se había dormido. Entonces me levanté despacio y empecé a vestirme. Estaba amargado, me iba a ir, que la despertara el timbre. Cuando estuve listo, la miré. Dormía profundamente como una nena de dos años: entregada, con la frente lisa y los labios flojos. Sólo los chicos se animan a dormirse a fondo, saben que uno está allí cuidándolos y creen que puede contra todo, desde el dolor de oídos hasta las brujas. Me quedé, no sé cuánto, sentado en el borde de la cama. Se despertó de a poco.

 Primero entreabrió los ojos y me sonrió, después los volvió a cerrar. Luego estiró las piernas. "Vamos, apurate -le dije-, se termina el turno". Pero no podía apurarse. Todavía en el auto seguía amodorrada. Recién se despertó del todo cuando paré en un quiosco a comprar cigarrillos. Entonces me miró vivaracha, con esos ojos enormes que tiene. Qué le voy a hacer, pensé, las cosas nunca salen como uno quisiera. Y pedí un atado de rubios y un chocolate grande.