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VilmaPoesias

Salmo de otono. (Jose Angel Buesa.)

Salmo de Otoño.

 José Ángel Buesa.

 Hay un primer amor, hermosa dama.

 Que solo es un rasguño, no una herida;

 Pues, por ser lo primero que se ama,

 Es también lo primero que se olvida.

 Y hay algo que no se como se llama,

 Ya casi en un dolor de despedida,

 Que es el último fruto en una rama

 Y es el último amor en una vida.

 Pero se que hay un rio, dama hermosa,

Que ira resucitando rosa a rosa

 La rosaleda moribunda ya;

 Y, en ese rio de la rosaleda,

 Nuestro amor será el cauce, que se queda,

 Y el tiempo será el agua que se va. . .

EL Desafio. (Mario Vargas Llosa.)

MARIO VARGAS LLOSA

 El desafío

 Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo. - ¿Qué pasa? - preguntó León. Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros. - Me muero de sed. Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas.

 Luego bebió de un trago hasta la última gota. - Justo va a pelear esta noche - dijo, con una voz rara. Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. - Me encargó que les avisara - agregó Leonidas. - Quiere que vayan. Finalmente, Briceño preguntó: - ¿Cómo fue? - Se encontraron esta tarde en Catacaos. - Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo demás... - Bueno - dijo León.

Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace. - Si - repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así. Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza.

 El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían. - Son casi las nueve - dijo León.- Mejor nos vamos. Salimos. - Bueno, muchachos - dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza. - ¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño.

 - Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo. El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse. - El Cojo lo va a matar - dijo, de pronto, Briceño. - Cállate - dijo León. - Nos separamos en la esquina de la iglesia.

 Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba. - ¿Otra vez a la calle? - dijo ella. - Sí. Tengo que arreglar un asunto. El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto. - Tienes que levantarte temprano - insistió ella - ¿Te has olvidado que trabajas los domingos? - No te preocupes - dije. - Regreso en unos minutos Caminé de vuelta hacia el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro.

 Era Moisés, el dueño del local. - ¿Es cierto lo de la pelea? - Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas. - No necesito que me adviertas - dijo. - Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos. - El Cojo es un asco de hombre. - Era tu amigo antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.

 Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado. - ¿Quieres que yo vaya? - me preguntó. - No. Con nosotros basta, gracias. - Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá. - Hubiera querido verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es muy chistosa.

 Moisés se río. - Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas. Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas.

 Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces.

 Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa). - Acabo de llegar - dijo. - ¿Qué es de los otros? - Ya vienen. Deben estar en camino. Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza. - ¿Cómo fue lo de esta tarde? Encogió los hombros e hizo un ademán vago.

 - Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura. - ¿Eres muy hombre? - gritó el Cojo. - Más que tú - gritó Justo. - Quietos, bestias - decía el cura. - ¿En "La Balsa" esta noche entonces? - gritó el Cojo. - Bueno - dijo Justo. - Eso fue todo. La gente que estaba en el "Río Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros. - He traído esto - dije, alcanzándole el pañuelo. Justo abrió la navaja y la midió.

 La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó. - Son iguales - dijo. - Me quedaré con la mía, nomás. Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando. No tengo hora - dijo Justo - Pero deben ser más de las diez.

 Vamos a alcanzarlos. A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano. - Hermanito - dijo León - Usted lo va a hacer trizas. - De eso ni hablar - dijo Briceño. - El Cojo no tiene nada que hacer contigo.

 Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría. - Bajemos por aquí - dijo León - Es más corto. - No - dijo Justo. - Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora. Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio.

 Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo. - Hay muchas nubes - dijo; - la luna no va a servir de mucho esta noche. - Haremos fogatas - dijo Justo. - ¿Estas loco? - dije. - ¿Quieres que venga la policía? - Se puede arreglar - dijo Briceño sin convicción.- Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.

Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir. - Ahí está "La Balsa" - dijo León. En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cause. Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad.

 Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo designaban todos. - Ellos ya están ahí - dijo León. Nos detuvimos a unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo. - Anda tú - dijo Justo. Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena. - ¡Quieto! - gritó alguien. - ¿Quién es? - Julián - grité - Julián Huertas.

 ¿Están ciegos? A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas. - Ya nos íbamos - dijo. - Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran. - Quiero entenderme con un hombre - grité, sin responderle - No con este muñeco. - ¿Eres muy valiente? - preguntó el Chalupas, con voz descompuesta. - ¡Silencio! - dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes.

En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana.

 El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto. - ¿Por qué has traído a Leonidas? - dijo el Cojo, con voz ronca. - ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas? El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó. - ¡Qué pasa conmigo! - dijo. Mirando al Cojo fijamente. - No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana.

 Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo. El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero. - No se meta, viejo - dijo el cojo amablemente. - No voy a pelearme con usted. - No creas que estoy tan viejo - dijo Leonidas. - He revolcado a muchos que eran mejores que tú. - Está bien, viejo - dijo el Cojo. - Le creo. - Se dirigió a mí: - ¿Están listos? - Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.

 El Cojo se rió. - Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes. Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo. - ¿Tienes fósforos, viejo? Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas.

A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso. - Está bien - dije. - Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba. - ¿Quién le dijo a usted que viniera? - preguntó Justo, severamente. - Nadie me dijo. - afirmó Leonidas, en voz alta. - Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas? Justo no contestó.

 Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió. - Perdón - dije, palpando la arena en busca de la navaja. - Se me escapó. Aquí está. Las gracias se te van a quitar pronto - dijo Chunga. Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia "La Balsa". Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente.

 Detrás de nosotros, a los dos costados del cause, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos. - ¡Listos! - exclamó una voz, del otro lado. - ¡Listos! - grité yo. En el bloque de hombres que estaba junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos.

 Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros.

El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado. - No te le acerques ni un momento. - El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. - Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya, vaya, pórtese como un hombre... Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja.

 Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo.

 Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas.

 De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies.

Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos. Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua.

El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado.

 De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes. - Ya está - murmuró Briceño. - lo rasgó. - En el hombro - dijo Leonidas. - Pero apenas. Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo.

 Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. "No te acerques tanto". Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo.

 Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo.

Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. "¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo.

 Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga.

 Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia.

 La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes.

No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.

Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia.

 Quedaron a un metro de distancia, acezantes. "Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve.

Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo. En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles.

Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba.

 No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas. - ¡Julián! - grito el Cojo. - ¡Dile que se rinda! Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos.

 Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: - ¡Don Leonidas! - gritó de nuevo con acento furioso e implorante. - ¡Dígale que se rinda! - ¡Calla y pelea! - bramó Leonidas, sin vacilar. Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo.

 Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos.

 Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar. Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. - No llore, viejo - dijo León. - No he conocido a nadie tan valiente como su hijo.

Se lo digo de veras. Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo. A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté. - ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas? - Sí - dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.

Fragmento de Ojos de perro azul. (gabriel Garcia Marquez)

Gabriel García Márquez

 Alguien desordena estas rosas (fragmento),

 de Ojos de perro azul

 " Como es domingo y ha dejado de llover,

 pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba.

 Rosas rojas y blancas,

 de las que ella cultiva para hacer altares y coronas.

 La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno

y sobrecogedor que me ha puesto a recordar

 la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos.

 Es un sitio pelado, sin árboles,

 barrido apenas por las migajas providenciales

que regresan después que el viento ha pasado.

 Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía

debe haber endurecido el jabón de la cuesta,

 podría llegar hasta el túmulo

en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño,

ahora confundido,

 desmenuzado entre caracoles y raíces. "

Un Aforismo, El astrologo y el Sultan, (Karl Kraus) (Orhan Pamuk)

Karl Kraus Aforismos

 " Un aforismo nunca puede ser la verdad completa;

 puede ser una verdad a medias o una verdad y media.

Mi inconsciencia sabe más sobre la consciencia del psicólogo

 de lo que su consciencia sabe sobre mi inconsciencia.

 El secreto de la demagogia es parecer tan tonto como su audiencia

para que esta gente se piense a sí mismos tan inteligentes como el demagogo.

 Los pscicoanalistas roban nuestros sueños

 como si fueran nuestros bolsillos.

 Como se maneja al Mundo y se lo lleva a una guerra?

Los Diplomáticos mienten a los periodistas

 y creen en sus mentiras cuando las ven impresas.

 Sólo se es un artista cuando se puede

 crear un acertijo de una solución.

Orhan Pamuk

 El astrólogo y el sultán

  ¿Hay que ser sultán para comprender que,

 en los 4 confines y en los 7 climas del mundo,

todos los hombres se parecen?.

 ¿Acaso la prueba más concluyente de que los hombres

 de todas partes son idénticos

 no consiste en que cada uno puede ocupar el lugar del otro?

" El diablo es un optimista si cree que puede hacer a la gente

 peor de lo que ya es.

 La educación es una muleta con la que el tonto ataca al sabio

 para probar que no es un idiota.

 La democracia es la oportunidad de ser el esclavo de todos.

 Esto es algo de lo que no termino de reponerme

- que una línea completa pueda ser escrita por un medio hombre,

 que una obra pueda ser construida

en la arena movediza del caracter. "

Al Alba te amo. (Paul Eluard)

Paul Eluard Al alba te amo "

 Al alba te amo tengo toda la noche en las venas

 Toda la noche te he contemplado

 Tengo que adivinarlo todo

 me siento seguro en las tinieblas

 Ellas me conceden el poder De envolverte

 De sacudirte

 deseo de vivir en el seno de mi inmovilidad

 El poder de revelarte

 De liberarte de perderte Lama invisible de día.

 Si te vas la puerta se abre hacia el día

 Si te vas la puerta se abre hacia mí mismo,

 y por primera vez deseándonos

 sólo el uno al otro. "

El Vivir no admite bromas. (Nazim Hikmet)

Nazim Hikmet

 Acerca del vivir

 " El vivir no admite bromas.

 Has de vivir con toda seriedad, como una ardilla,

 por ejemplo;

 es decir,

 sin esperar nada fuera y más allá del vivir; es decir,

toda tu tarea se resume en una palabra:

 Vivir.

 Has de tomar en serio el vivir. Es decir, hasta tal punto

 y de tal manera que aun teniendo los brazos atados a la espalda,

y la espalda pegada al paredón,

 o bien llevando grandes gafas y luciendo bata blanca en un laboratorio,

 has de saber morir por los hombres.

 Y además por hombres que quizás nunca viste,

 y además sin que nadie te obligue a hacerlo,

 y además sabiendo que la cosa más real y bella es

 Vivir.

 Es decir:

 has de tomar tan en serio el vivir que a los setenta años,

 por ejemplo,

 si fuera necesario plantarías olivos

 sin pensar que algún día serían para tus hijos;

debes hacerlo, amigo, debes hacerlo,

 no porque, aunque la temas, no creas en la muerte,

sino porque vivir es tu tarea. II

 Sucede, por ejemplo, que estamos muy enfermos;

 que hemos de soportar una difícil operación;

que cabe la posibilidad de que no volvemos

 a levantarnos de la blanca mesa.

 Aunque sea imposible no sentir la tristeza de partir antes de tiempo,

 seguiremos riendo con el último chiste, mirando por la ventana

para ver si el tiempo sigue lluvioso,

 esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa.

 Sucede, por ejemplo, que estamos en el frente,

por algo, por ejemplo, que vale la pena que se luche.

 Nada más comenzar el ataque, al primer movimiento,

Puede caerse cara a tierra, y morir.

 Todo esto hemos de aceptarlo con singular valor,

 y a pesar de todo,

preocuparnos apasionadamente

por esa guerra que puede durar años y años.

Sucede que estamos en la cárcel.

 Sucede que nos acercamos a los cincuenta años,

 y que falten dieciocho más para ver abrirse las puertos de hierro.

 Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera,

 con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,

 es decir,

 con todo el mundo exterior que se halla tras el muro

 de nuestros sufrimientos;

 es decir:

 estemos donde estemos hemos de vivir

 como si nunca hubiésemos de morir. III

 Se enfriará este mundo,

una estrella entre las estrellas;

 por otra parte una de las más pequeñas del universo,

 es decir, una gota brillante en el terciopelo azul,

 es decir,

 este inmenso mundo nuestro.

 Se enfriará este mundo un día,

 algún día se deslizará en la ciega tiniebla del infinito

 -no como una bola de nieve, no como una nube muerta-,

 como una nuez vacía.

 Desde ahora mismo se ha de sufrir por todo esto,

 ha de sentirse su tristeza desde ahora,

tanto ha de amarse el mundo en todo instante,

 se le ha de amar tan conscientemente que se pueda decir:

He vivido. "

Como se arranca el Hierro de una Herida. (Gustavo Adolfo Becquer)

Como se arranca el hierro de una herida

su amor de las entrañas me arranqué,

 aunque sentí al hacerlo que la vida me arrancaba con él!

 Del altar que le alcé en el alma mía la Voluntad su imagen arrojó,

 y la luz de la fe que en ella ardía ante el ara desierta se apagó.

 Aún turbando en la noche

 el firme empeño vive en la idea la visión tenaz...

 ¡Cuándo podré dormir con ese sueño en que acaba el soñar!e

Marlene Dietrich

 Marlene Dietrich

 (1901-1992),

 actriz y cantante alemana, cuyo verdadero nombre era Marie Magdalena Dietrich von Losch; nació en Berlín, y se formó como actriz teatral en la escuela del prestigioso director teatral Max Reinhardt. En la década de 1920 actuó en el teatro berlinés y en el cine mudo.

En 1924 se casó con el director de reparto alemán Rudolf Sieber. El director estadounidense de origen austriaco Josef von Sternberg la eligió para El ángel azul (1930), producción de la UFA alemana; su personalidad y su sensualidad como cantante y actriz causaron gran sensación entre los espectadores.

 Así comenzó una colaboración que sería muy fructífera para ambos en las siete películas que realizaron, entre ellas Marruecos (1930), La venus rubia (1932) y El diablo es una mujer (1935).

 Con otros directores trabajó en Deseo (1936), de Frank Borgaze, y Arizona (1939), de George Marshall.

 Se nacionalizó estadounidense en 1939, tras denunciar el nazismo alemán. Actuó para las tropas estadounidenses durante la II Guerra Mundial más de quinientas veces.

Entre sus películas de posguerra más destacadas están Testigo de cargo (1957), de Billy Wilder, y ¿Vencedores o vencidos? (1961), de Stanley Kramer. Su última película fue Gigolo (1978, de David Hemmings), junto a David Bowie.

 El nieto de la actriz, J. David Riva, realizó en 2001 una cinta documental, titulada Marlene Dietrich, su propia canción, que describe diversos aspectos biográficos de la diva. En 2000, el Filmmuseum de Berlín inauguró una sección dedicada íntegramente a la vida y la obra de esta gran estrella de la cinematografía alemana.