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VilmaPoesias

Por Instantes. (Rocio Zubiria Luque.)

POR INSTANTES

 ROCIO ZUBIRIA LUQUE

 Soy amor de carne y hueso soy ancla,

vela y timón de una barca

soy un sol quemando el alba

una noche de estrellas perfumada.

 Por instantes soy capricho en tu sonrisa

 soy espejo en tu mirada

soy eco soy vida que desprenden tus palabras.

 Por instantes

 soy viento enfurecido que se eleva hacia tu alma

llega y toca tus sentidos y se vuelve brisa llana.

 Por instantes

 soy eterna soy caricia soy poema

 soy chiquilla y mujer de tierra fresca

 mas si tú te alejas

en un instante

 no soy más que tierra muerta.

 Rocío Zubiría Luque

Los Tres Anillos. (Giovanni Boccaccio.)

Los tres anillos 

 Giovanni Boccaccio

 Años atrás vivió un hombre llamado Saladino, cuyo valor era tan grande que llegó a sultán de Babilonia y alcanzó muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos. Habiendo gastado todo su tesoro en diversas guerras y en sus incomparables magnificencias, y como le hacía falta, para un compromiso que le había sobrevenido, una fuerte suma de dinero, y no veía de dónde lo podía sacar tan pronto como lo necesitaba, le vino a la memoria un acaudalado judío llamado Melquisedec, que prestaba con usura en Alejandría, y creyó que éste hallaría el modo de servirle, si accedía a ello; mas era tan avaro, que por su propia voluntad jamás lo habría hecho, y el sultán no quería emplear la fuerza; por lo que, apremiado por la necesidad y decidido a encontrar la manera de que el judío le sirviese, resolvió hacerle una consulta que tuviese las apariencias de razonable.

 Y habiéndolo mandado llamar, lo recibió con familiaridad y lo hizo sentar a su lado, y después le dijo: -Buen hombre, a muchos he oído decir que eres muy sabio y muy versado en el conocimiento de las cosas de Dios, por lo que me gustaría que me dijeras cuál de las tres religiones consideras que es la verdadera: la judía, la mahometana o la cristiana. El judío, que verdaderamente era sabio, comprendió de sobra que Saladino trataba de atraparlo en sus propias palabras para hacerle alguna petición, y discurrió que no podía alabar a una de las religiones más que a las otras si no quería que Saladino consiguiera lo que se proponía.

 Por lo que, aguzando el ingenio, se le ocurrió lo que debía contestar y dijo: -Señor, intrincada es la pregunta que me haces, y para poderte expresar mi modo de pensar, me veo en el caso de contarte la historia que vas a oír.

 Si no me equivoco, recuerdo haber oído decir muchas veces que en otro tiempo hubo un gran y rico hombre que entre otras joyas de gran valor que formaban parte de su tesoro, poseía un anillo hermosísimo y valioso, y que queriendo hacerlo venerar y dejarlo a perpetuidad a sus descendientes por su valor y por su belleza, ordenó que aquel de sus hijos en cuyo poder, por legado suyo, se encontrase dicho anillo, fuera reconocido como su heredero, y debiera ser venerado y respetado por todos los demás como el mayor.

 El hijo a quien fue legada la sortija mantuvo semejante orden entre sus descendientes, haciendo lo que había hecho su antecesor, y en resumen: aquel anillo pasó de mano en mano a muchos sucesores, llegando por último al poder de uno que tenía tres hijos bellos y virtuosos y muy obedientes a su padre, por lo que éste los amaba a los tres de igual manera.

Y los jóvenes, que sabían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ellos de ser el honrado entre los tres, por separado y como mejor sabían, rogaban al padre, que era ya viejo, que a su muerte les dejase aquel anillo. El buen hombre, que de igual manera los quería a los tres y no acertaba a decidirse sobre cuál de ellos sería el elegido, pensó en dejarlos contentos, puesto que a cada uno se lo había prometido, y secretamente encargó a un buen maestro que hiciera otros dos anillos tan parecidos al primero que ni él mismo, que los había mandado hacer, conociese cuál era el verdadero.

Y llegada la hora de su muerte, entregó secretamente un anillo a cada uno de los hijos, quienes después que el padre hubo fallecido, al querer separadamente tomar posesión de la herencia y el honor, cada uno de ellos sacó su anillo como prueba del derecho que razonablemente lo asistía. Y al hallar los anillos tan semejantes entre sí, no fue posible conocer quién era el verdadero heredero de su padre, cuestión que sigue pendiente todavía.

 Y esto mismo te digo, señor, sobre las tres leyes dadas por Dios Padre a los tres pueblos que son el objeto de tu pregunta: cada uno cree tener su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos; pero en esto, como en lo de los anillos, todavía está pendiente la cuestión de quién la tenga. Saladino conoció que el judío había sabido librarse astutamente del lazo que le había tendido, y, por lo tanto, resolvió confiarle su necesidad y ver si le quería servir; así lo hizo, y le confesó lo que había pensado hacer si él no le hubiese contestado tan discretamente como lo había hecho.

 El judío entregó generosamente toda la suma que el sultán le pidió, y éste, después, lo satisfizo por entero, lo cubrió de valiosos regalos y desde entonces lo tuvo por un amigo al que conservó junto a él y lo colmó de honores y distinciones. FIN

Cirugia. ) Anton Chejov)

Cirugía

  Anton Chejov

 Estamos en un hospital del Zemstvo. A falta de doctor, que se ausentó para contraer matrimonio, recibe a los enfermos el practicante Kuriatin. Es un hombre grueso que ronda los cuarenta; viste una raída chaqueta de seda cruda y pantalones usados de lana.

 En su rostro se refleja el sentimiento de que cumple su deber y se encuentra satisfecho. Con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda sostiene un cigarro que despide un humo pestilente. En la sala de visitas entra el sacristán Vonmiglásov.

Es un viejo alto y robusto, que viste una sotana pardusca ceñida con un ancho cinturón de cuero. El ojo derecho, atacado de cataratas, lo tiene medio cerrado; en la nariz ostenta una verruga que de lejos se asemeja a una mosca grande.

 En un primer momento el sacristán busca con los ojos el icono y, al no encontrarlo, se persigna ante una bombona que contiene una disolución de ácido fénico; luego saca un trozo de pan bendito, que traía envuelto en un pañuelo rojo, y, haciendo una inclinación, lo coloca ante el practicante. -Ah... Mis respetos -bosteza el practicante-. ¿Qué le trae por aquí? -Le deseo un buen domingo, Serguei Kuzmich... Tengo necesidad de sus servicios... Con razón se dice, y usted me perdonará, en el Salterio: «Mi bebida está mezclada con lágrimas.»

 El otro día me disponía con mi vieja a tomar el té y no pude ni probarlo, ni tomar un bocado; era como para morirse... Tomé un sorbo y sentí un dolor horrible en una muela y en toda esta parte... ¡Qué dolor, Dios mío! En el oído, perdóneme, parecía como si me hubieran metido un clavo u otro objeto. ¡Qué punzadas, qué punzadas! He pecado, no observé la ley... Mi alma se ha endurecido con vergonzosos pecados, he pasado la vida en la pereza...

¡Por mis pecados, Serguei Kuzmich, por mis pecados! El reverendo padre, después de los oficios litúrgicos, me lo echa en cara; «Tartamudeas, Efim, tu voz es gangosa. No hay manera de entender nada cuando cantas.» Pero ¿cómo quiere que cante, si me es imposible abrir la boca, tengo el carrillo hinchado y no he podido pegar ojo en toda la noche? -Ya veo... Siéntese... Abra la boca. Vonmiglásov se sienta y abre la boca. Kuriatin arruga el ceño, mira y, entre las muelas que el tabaco y el tiempo han puesto amarillas, ve una adornada con un resplandeciente agujero.

 -El padre diácono me aconsejó que me aplicara vodka con rábano, pero esto no me ha proporcionado ningún alivio. Glikeria Anísimovna, que Dios le conceda salud, me dio un hilo traído del monte Athos para que lo llevara atado al brazo y me dijo que hiciera buches de leche tibia. El hilo me lo puse, pero lo de la leche no lo cumplí: temo a Dios, estamos en Cuaresma...

-Es un prejuicio... -Pausa-. Hay que extraerla, Efim Mijéich. -Usted sabrá, Serguei Kuzmich. Para eso estudió, para comprender estas cosas tal como son, lo que hay que extraer y lo que se puede remediar con gotas o algo por el estilo... Para eso está aquí, que Dios le dé salud, para que recemos por usted día y noche... como si fuera nuestro propio padre... hasta el fin de nuestros días... -Tonterías... -replica el practicante en un rasgo de modestia, mientras busca en el armario del instrumental-. La cirugía es una cosa muy sencilla... todo es cuestión de práctica y de buen pulso... En un instante acaba uno... El otro día, lo mismo que usted, vino el propietario Alexandr Ivánich Eguípetski...

 También con una muela... Es un hombre culto, todo lo pregunta, quiere saber el porqué y el cómo. Me estrechó la mano, me llamó por el nombre y el patronímico... Vivió siete años en Petersburgo y conoce allí a todos los profesores... Estuvo un buen rato conmigo... «Por nuestro Señor Jesucristo», me suplicaba, «extráigamela, Serguei Kuzmich.» ¿Por qué no hacerlo? Se la podía extraer. Lo único que hace falta es comprender las cosas... Hay muelas y muelas. Unas se sacan con fórceps, otras con el pie de cabra, otras con la llave... Según los casos.

 El practicante toma el pie de cabra, lo mira interrogativamente, luego lo deja y coge los fórceps. -A ver, abra más la boca... -dice, acercándose al sacristán con los fórceps-. Ahora mismo... Es cosa de un momento...

Tendré que hacerle una incisión en la encía... efectuar la tracción según el eje vertical... y eso es todo... -Hace la incisión-. Y eso es todo... -Usted es nuestro protector... Nosotros, estúpidos, somos unos ignorantes, pero a usted lo iluminó el Señor... -No hable con la boca abierta... Esta muela es fácil de extraer, a veces uno no encuentra más que raigones... Pero ésta es cosa de nada... -aplica los fórceps-. Quieto, no se mueva...

En un abrir y cerrar de ojos... -Efectúa la tracción-. Lo principal es agarrarla lo más hondo posible -Tira... -Para que la corona no se rompa... -Padre nuestro... Virgen Santísima... Ay... -Así no... así no... ¿A ver? ¡No me agarre! ¡Suélteme! -Tira-. Ahora... Así, así... La cosa no es tan fácil... -¡Santos padres!... -grita-. ¡Ángeles del cielo! ¡Ay, ay! ¡Pero tira ya, tira! ¿Te vas a pasar cinco años para arrancarla? -Esto de la cirugía... De un golpe no es posible... Ahora, ahora... Vonmiglásov levanta las rodillas hasta la altura de los codos, mueve los dedos, los ojos se le desorbitan, respira fatigosamente...

Su cara, congestionada, se cubre de sudor, los ojos se le llenan de lágrimas. Kuriatin resopla, se mueve ante el sacristán y sigue tirando... Transcurre medio minuto horroroso y los fórceps se escurren de la muela. El sacristán se pone en pie de un salto y se mete los dedos en la boca. La muela sigue en su sitio. -¡Vaya manera de tirar! -dice con voz llorosa y, al mismo tiempo, burlona-.

¡Ojalá tiren así de ti en el otro mundo! ¡Muchísimas gracias! ¡Si no sabes sacar muelas, no te metas a hacerlo! No veo ni la luz... -¿Y tú por qué me agarrabas de ese modo? -se irrita el practicante-. Cuando yo tiraba, me empujabas en el brazo y no cesabas de decir estupideces... ¡Imbécil! -¡El imbécil serás tú! -¿Crees, mujik, que es fácil extraer una muela?

¡A ver, prueba tú! ¡No es como subir a la torre de la iglesia y repicar las campanas! -Remedándole-. «¡No sabes, no sabes!» ¿Quién eres tú para decirlo? Al señor Eguípetski, Alexandr Ivánich, le extraje una muela y no protestó para nada... Es un hombre mucho más distinguido que tú; no me agarraba... ¡Siéntate! ¡Te digo que te sientes! -No veo nada... Espera a que recobre el aliento...

¡Oh! Se sienta. -Pero no te entretengas tanto, tira fuerte. No te entretengas y tira... ¡De una vez! -No me des lecciones. ¡Señor, qué gente más ignorante! Es para volverse loco... Abre la boca... -Aplica los fórceps-. La cirugía, hermano, no es una broma... No es lo mismo que cantar en el coro... -Hace la tracción-. No te muevas. Se ve que la muela es vieja; las raíces son muy hondas... -Tira-. No te muevas... Así... así... No te muevas... Ahora, ahora...

-Se oye un crujido-. ¡Ya lo sabía! Vonmiglásov permanece unos instantes inmóvil, como si hubiera perdido el conocimiento. Está aturdido... Sus ojos miran estúpidamente al espacio y su pálida cara está bañada en sudor. -Si hubiera usado el pie de cabra... -balbucea el practicante-. ¡Buena la hemos hecho! Volviendo en sí, el sacristán se mete los dedos en la boca y en el sitio de la muela enferma encuentra dos salientes. -Diablo sarnoso... -gruñe-

¡Te han puesto aquí para nuestra desgracia! -Todavía vienes con insultos... -protesta el practicante, colocando los fórceps en el armario-. Eres un ignorante... En el seminario no te zurraron bastante... El señor Eguípetski, Alexandr Ivánich, vivió siete años en Petersburgo... es un hombre culto... lleva trajes de cien rublos... y no me insultó... ¿Y tú, qué gallinácea eres? ¡No te pasará nada, no te morirás por eso! El sacristán coge el pan bendito de la mesa y, con la mano en la mejilla, se va por donde había venido... FIN

Meter el diablo en el infierno

 Giovanni Boccaccio

 En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios.

 El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando.

La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo: -Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase.

Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

 Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado.

 La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo: -Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo: -Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo? -Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

 Entonces dijo la joven: -Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo. Dijo Rústico: -Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto. Dijo Alibech: -¿El qué? Rústico le dijo: -Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices. La joven, de buena fe, repuso: -Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis. Dijo entonces Rústico: -Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo. Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.

 La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico: -Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro. Dijo Rústico: -Hija, no sucederá siempre así. Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.

 Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico: -Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

 Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía: -Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno. Haciendo lo cual, decía alguna vez: -Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

 Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza: -Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

 Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día: -Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo. Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba.

 Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera.

 Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero.

 Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron: -¿Cómo se mete al diablo en el infierno? La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron: -No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

 Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse. FIN

proverbios.

Proverbios.

 Lo pasado ha huido, lo que esperas esta ausente, Pero el presente es tuyo.

(Proverbio árabe.)

 Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio No lo digas.

 (Proverbio árabe.)

La primera vez que engañes, será culpa tuya; la Segunda vez, la culpa será mia.

 (Proverbio árabe)

 Si te caes siete veces, levántate ocho.

 (Proverbio Chino)

Es una locura amar, a menos de que se ame con Locura.

 (Proverbio latino.)

 Un libro abierto es un cerebro que habla;

 cerrado Un amigo que espera; olvidado,

 un alma que perdona Destruido,

 un corazon que llora. (Proverbio hindú)

Pensamientos.

Pensamientos.

 “Ser feliz significa poder percibirse a si mismo Sin temor.”

 (Paúl Klee, Pintor alemán)

 “La verdadera grandeza es la que no necesita de la Humillación de los demás “

(Amado Nervo.)

 “La pobreza espiritual produce la obstinación.”

(Francois de la Rochefoucauld, escritor francés)

 “La vida no se nos ha dado para ser felices, sino Para merecer serlo.”

(Armando Palacio Valdés)

 “En toda sociedad en disolución estorban el honor, La bonda y el bien. Que perspectiva ofrece la regeneración de una Sociedad en que bueno, honrado y decente son Sinónimos de tonto, hipócrita y tímido?”

 (Miguel Meléndez Muñoz)

 Castiga a los que te envidian haciéndoles el bien.”

 (Proverbio árabe)

 “La victoria pertenece a quien persevera mas.”

 (Napoleón Bonaparte.)

 El fuego prueba al oro, la miseria a los hombres Valientes.”

(Séneca)

 

 “Los que no aman a sus antepasados no pueden Amarse a si mismo.”

Gioconda.

 Uno no escoge

 Uno no escoge el país donde nace;

 pero ama el país donde ha nacido.

 Uno no escoge el tiempo para venir al mundo;

pero debe dejar huella de su tiempo.

 Nadie puede evadir su responsabilidad.

 Nadie puede taparse los ojos, los oidos,

 enmudecer y cortarse las manos.

 Todos tenemos un deber de amor que cumplir,.

una historia que nacer una meta que alcanzar.

 No escogimos el momento para venir al mundo:

 Ahora podemos hacer el mundo en que nacerá

 y crecerá la semilla que trajimos con nosotros.

 Como gata boca arriba

Te quiero como gata boca arriba, panza arriba te quiero,

 maullando a través de tu mirada, de este amor-jaula violento,

 lleno de zarpazos como una noche de luna

y dos gatos enamorados discutiendo su amor en los tejados,

amándose a gritos y llantos, a maldiciones, lagrimas y sonrisas

 (de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)

 Te quiero como gata panza arriba y me defiendo de huir,

 de dejar esta pelea de callejones y noches sin hablarnos,

 este amor que me marea, que me llena de polen,

 de fertilidad y me anda en el día por la espalda haciéndome cosquillas.

 No me voy, no quiero irme, dejarte, te busco agazapada ronroneando,

 te busco saliendo detrás del sofá, brincando sobre tu cama,

 pasándote la cola por los ojos,

 te busco desperezándome en la alfombra,

 poniéndome los anteojos para leer libros de educación

 del hogar y no andar chiflada y saber manejar la casa,

 poner la comida, asear los cuartos, amarte sin polvo y sin desorden,

 amarte organizadamente,

poniéndole orden a este alboroto de revolución

 y trabajo y amor a tiempo y destiempo,

 de noche, de madrugada, en el baño, riéndonos como gatos mansos,

 lamiéndonos la cara como gatos viejos

y cansados a los pies del sofá de leer el periódico.

 Te quiero como gata agradecida,

 gorda de estar mimada,

 te quiero como gata flaca perseguida y llorona,

te quiero como gata, mi amor, como gata,

 Gioconda, como mujer, te quiero.

 Y Dios me hizo mujer

Y Dios me hizo mujer, de pelo largo, ojos, nariz y boca de mujer.

 Con curvas y pliegues y suaves hondonadas y me cavó por dentro,

 me hizo un taller de seres humanos.

Tejió delicadamente mis nervios

 y balanceó con cuidado el número de mis hormonas.

 Compuso mi sangre y me inyectó

 con ella para que irrigara todo mi cuerpo;

 nacieron así las ideas, los sueños, el instinto.

Todo lo que creó suavemente a martillazos

 de soplidos y taladrazos de amor,

 las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días

 por las que me levanto orgullosa todas las mañanas y bendigo mi sexo.

En la doliente soledad del domingo

 Aquí estoy, desnuda, sobre las sabanas solitarias

de esta cama donde te deseo.

 Veo mi cuerpo, liso y rosado en el espejo,

 mi cuerpo que fue ávido territorio de tus besos,

 este cuerpo lleno de recuerdos de tu desbordada pasión

sobre el que peleaste sudorosas batallas

en largas noches de quejidos y risas

 y ruidos de mis cuevas interiores.

 Veo mis pechos que acomodabas sonriendo en la palma de tu mano,

que apretabas como pájaros pequeños en tus jaulas de cinco barrotes,

 mientras una flor se me encendía

y paraba su dura corola contra tu carne dulce.

 Veo mis piernas, largas y lentas conocedoras de tus caricias,

 que giraban rápidas y nerviosas sobre sus goznes

 para abrirte el sendero de la perdición hacia m mismo centro

 y la suave vegetación del monte donde

urdiste sordos combates coronados de gozo,

 anunciados por descargas de fusilerías y truenos primitivos.

 Me veo y no me estoy viendo,

 es un espejo de vos el que se extiende doliente

sobre esta soledad de domingo, un espejo rosado,

 un molde hueco buscando su otro hemisferio.

 Llueve copiosamente sobre mi cara

 y solo pienso en tu lejano amor mientras

 cobijo con todas mis fuerzas, la esperanza.

 Pequeñas lecciones de erotismo

 Recorrer un cuerpo en su extensión de vela

 Es dar la vuelta al mundo Atravesar sin brújula la rosa de los vientos

Islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas

 No es tarea fácil

- si placentera -

 No creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadas

 Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas

  El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado

 Encuentras un astro y quizá deberás empezar

 Corregir el rumbo cuando nube huracán o aullido profundo

 Te pongan estremecimientos

 Cuenco de la mano que no sospechaste

 III

 Repasa muchas veces una extensión

 Encuentra el lago de los nenúfares

 Acaricia con tu ancla el centro del lirio

 Sumérgete ahógate distiéndete

No te niegues el olor la sal el azúcar

 Los vientos profundos cúmulos nimbus de los pulmones

 Niebla en el cerebro

 Temblor de las piernas Maremoto

 adormecido de los besos

 IV

 Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa

 No quieras alcanzar la cima Retrasa la puerta del paraíso

Acuna tu ángel caído revuélvele la espesa cabellera con la Espada

 de fuego usurpada Muerde la manzana

V

Huele Duele Intercambia miradas saliva imprégnate

 Da vueltas imprime sollozos piel que se escurre Pie hallazgo

 al final de la pierna Persíguelo busca secreto

 del paso forma del talón Arco

 del andar bahías formando arqueado caminar Gústalos

VI

 Escucha caracola del oído Como gime la humedad

Lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración

 Poros que se alzan formando diminutas montañas

 Sensación estremecida de piel insurrecta al tacto Suave

puente nuca desciende al mar pecho Marea del corazón

 susúrrale Encuentra la gruta del agua

 

 

 

 VII

 Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza navega

 loco en la juntura de los océanos

 Cruza las algas ármate de corales ulula gime Emerge

 con la rama de olivo llora socavando ternuras ocultas

Desnuda miradas de asombro Despeña

 el sextante desde lo alto de la pestaña

 Arquea las cejas abre ventanas de la nariz

 VIII

 Aspira suspira Muérete un poco Dulce lentamente muérete

Agoniza contra la pupila extiende el goce

 Dobla el mástil hincha las velas Navega

dobla hacia Venus estrella de la mañana

 - el mar como un vasto cristal azogado

 - duérmete náufrago.

 Cómo pesa el amor Noche cerrada ciega en el tiempo

verde como luna apenas clara entre las luciérnagas.

 Sigo la huella de mis pasos,

 el doloroso retorno a la sonrisa,

me invento en la cumbre adivinada entre árboles retorcidos.

 Sé que algún día se alzarán

 de nuevo las yemas recién nacidas de mi rojo corazón,

 entonces, quizás, oirás mi voz enceguecedora

 como el canto de las sirenas;

 te darás cuenta de la soledad;

 juntarás mi arcilla, el lodo que te ofrecí,

 entonces tal vez sabrás cómo pesa el amor endurecido.

 Dios dijo

 Dios dijo

 Ama a tu prójimo como a ti mismo.

 En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.

 Como tinaja

 En los días buenos, de lluvia,

 los días en que nos quisimos totalmente,

 en que nos fuimos abriendo el uno al otro como cuevas secretas;

 en esos días,

 amor en mi cuerpo como tinaja recogió toda el agua tierna

 que derramaste sobre mí y ahora en estos días secos

 en que tu ausencia duele y agrieta la piel,

 y el agua sale de mis ojos llena de tu recuerdo a refrescar

la aridez de mi cuerpo tan vacío y tan lleno de vos.

 

 

Castillos de arena

 Por que no me dijiste que estabas construyendo ese castillo de arena?

 Hubiera sido tan hermoso poder entrar por su pequeña puerta,

 recorrer sus salados corredores,

 esperarte en los cuadros de conchas,

 hablándote desde el balcón con la boca llena de espuma blanca

 y transparente como mis palabras,

 esas palabras livianas que te digo,

 que no tienen mas que el peso del aire entre mis dientes.

 Es tan hermoso contemplar el mar.

Hubiera sido tan hermoso el mar desde nuestro castillo de arena,

 relamiendo el tiempo con la ternura honda y profunda del agua,

 divagando sobre las historias que nos contaban cuando,

 niños, éramos un solo poro abierto a la naturaleza.

 Ahora el agua se ha llevado tu castillo de arena en la marea alta.

 Se ha llevado las torres, los fosos,

 la puertecita por donde hubiéramos pasado en la marea baja,

cuando la realidad esta lejos y hay castillos de arena sobre la playa...

Quebrá la luna Quebrá la luna entre tus manos,

 hacela pedazos y úntate de su polvo fino y negro.

 Protejámonos de los símbolos y de los sueños,

 cubrámonos de las frustraciones con una costra dura de realidad.

 Aceptemos el día como día y la noche como noche,

 pasando por el tiempo con la espalda recta y los ojos secos;

 porque la mente no es dueña de la vida

 y los deseos no son las leyes:

 hay que acatar la moral y el orden,

 revestirnos de una sonrisa de bolsillo,

 apretarnos el corazón en un puño y aceptar el sacrificio.

 Sencillos deseos Hoy quisiera tus dedos

 escribiéndome historias en el pelo y quisiera besos en la espalda

 acurrucos que me dijeras las mas grandes verdades

 o las mas grandes mentiras que me dijeras por ejemplo

 que soy la mujer mas linda del mundo

 que me querés mucho cosas así tan sencillas tan repetidas,

 que me delinearas el rostro

y me quedaras viendo a los ojos como si tu vida entera

dependiera de que los míos sonrieran alborotando

 todas las gaviotas en la espuma.

Cosas quiero como que andes mi cuerpo camino arbolado y oloroso,

 que seas la primera lluvia del invierno dejándote

 caer despacio y luego en aguacero.

Cosas quiero como una gran ola

 de ternura deshaciéndome un ruido de caracol

un cardumen de peces en la boca

 algo de eso frágil y desnudo como una flor

 a punto de entregarse a la primera luz de la mañana

o simplemente una semilla,

 un árbol un poco de hierba una caricia que me haga olvidar

 el paso del tiempo la guerra los peligros de la muerte.

Abrojos. ( Ruben Dario.)

Abrojos

 Rubén Darío

  Sí, yo he escrito estos Abrojos tras largas penas y agravios,

 ya con la risa en los labios, ya con el llanto en los ojos.

 Tu noble y leal corazón, tu cariño,

 me alentaba cuando entre los dos mediaba la mesa de redacción.

 Yo, haciendo versos, Manuel, descocado, antimetódico,

 en el margen de un periódico, o en un trozo de papel.

 Tú, aplaudiendo o censurando,

 censurando o aplaudiendo como crítico tremendo,

 o como crítico blando.

 Entonces, ambos a dos, de mil ambiciones llenos,

 con dos corazones buenos y honrados,

 gracias a Dios,

 hicimos dulces memorias, trajimos gratos recuerdos,

 y no nos hallamos lerdos en ese asunto de glorias.

Y pensamos en ganarlas paso a paso y poco a poco...

Y ya huyendo el tiempo loco de nuestras amigas charlas,

 nos confiamos los enojos,

 las amarguras, los duelos, los desengaños y anhelos...

 y nacieron mis Abrojos.

 Obra, sin luz ni donaire, que al compañero constante le dedica

un fabricante de castillos en el aire.

 Obra sin luz, es verdad, pues rebosa amarga pena;

 y para toda alma buena la pena es oscuridad.

 Sin donaire, porque el chiste no me buscó, ni yo a él;

 ya tú bien sabes, Manuel, que yo tengo el vino triste.

 II

 Juntos hemos visto el mal y en el mundano bullicio, cómo para cada vicio,

 se eleva un arco triunfal.

 Vimos perlas en el lodo, burla y baldón a destajo,

 el delito por debajo y la hipocresía en todo.

 Bondad y hombría de bien, como en el mar las espumas,

 y palomas con las plumas recortadas a cercén.

 Mucho tigre carnicero, bien enguantadas las uñas,

 y muchísimas garduñas con máscaras de cordero.

 La poesía con anemia, con tisis el ideal,

 bajo la capa el puñal y en la boca la blasfemia.

 La envidia que desenrosca su cuerpo y muerde con maña;

 y en la tela de la araña a cada paso la mosca...

 ¿Eres artista? Te afeo. ¿Vales algo? Te critico.

 Te aborrezco si eres rico, y si pobre, te apedreo.

 Y de la honra haciendo el robo e hiriendo cuanto se ve,

 sale cierto lo de que el hombre del hombre es lobo.

 III

 No predico, no interrogo.

 De un sermón

 ¡qué se diría!

 Esto no es una homilía, sino amargo desahogo.

 Si hay versos de amores, son las flores de un amor muerto

 que brindo al cadáver yerto de mi primera pasión.

Si entre esos íntimos versos hay versos envenenados,

 lean los hombres honrados que son para los perversos.

 Y tú, mi buen compañero, toma el libro;

 que en verdad de poeta y caballero,

 con mis Abrojos

 no hiero las manos de la amistad.